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Reconocida santidad

México celebra decisión del Vaticano sobre Juan Diego

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Los diarios, la televisión y todo México se hacen eco: el Papa ha reconocido oficialmente al santo más amado del país, el indio Juan Diego.

Pero para la mayoría de los mexicanos, la decisión anunciada el jueves es apenas una formalidad. En sus corazones, jamás dudaron que Juan Diego era un santo.

AP - Niño creyente Niño creyente
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"Antes de esto yo ni siquiera sabía que no era oficialmente un santo", dijo Martín Ramírez al mostrar a sus hijos de 10 y 12 años la iglesia que se alza sobre la antigua casa de Juan Diego en Ecatepec, uno de los muchos suburbios de la capital mexicana.

Aunque se discute si la historia es cierta, la mayoría de los mexicanos creen que Juan Diego tuvo la visión de una virgen María de tez morena el 12 de diciembre de 1531, en la cumbre de una colina donde se alzaba un antiguo altar azteca. Milagrosamente, la visión de una mujer con manto azul bordado de oro quedó grabada en su capa.

Hoy, los creyentes desfilan lentamente frente a la misma capa de fibras de cactus, exhibida en la Basílica de Guadalupe.

Su ascenso a los altares se produjo al certificar el Vaticano que había realizado un milagro en 1990 al responder a las oraciones de la madre de un joven que se fracturó el cráneo al saltar desde lo alto de un edificio.

La Virgen de Guadalupe, patrona de México y probablemente el símbolo más amado del país, está por todas partes. Los conductores de taxi colocan altares diminutos en sus autos, y los vendedores callejeros ofrecen toda clase de objetos con la imagen.

"Ella es nuestro dios", dijo Martínez. "Los españoles no nos la trajeron".

Algunas autoridades eclesiásticas sostienen que los indios inventaron la historia de Juan Diego para seguir adorando a la diosa azteca Tonantzin, "Madre Nuestra", cuyo altar se encontraba en el mismo lugar donde se vio a la virgen. Los críticos destacan que la Iglesia Católica desdeñó esa aparición durante unos 120 años.

Hace dos años, se reveló que un ex abad de la Basílica de Guadalupe, Guillermo Schulenburg, escribió en una carta que las pruebas de la existencia de Juan Diego eran inciertas.

Pero los debates eruditos sobre la veracidad de la historia no afectan a millones de creyentes. A mediados de diciembre, miles recorren largas distancias a la sencilla iglesia de piedra que se alza sobre la choza de adobe de Juan Diego para dejar oraciones y ofrendas.

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Terra/AP

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