Crítica

Tras diez años vuelve Hannibal, una película sofisticada con poco canibalismo

El aclamado director Ridley Scott (Gladiator, Thelma & Louise, Alien) presenta su propia versión de la secuencia de Silence of the Lamb que guarda muy poca relación con la que dirigió Jonathan Demme por la incapacidad de generar un verdadero suspense, la falta de escenas macabras y una actuación mimética por parte de Julianne Moore.

Primero estamos más ante un thriller hilvanado hasta tal punto que se diría que es lo más importante, ahora es un guión que tiene poco de horror, salvo dos escenas, y menos de tensión, a no ser la expectación que siente el mismo espectador, parte de la causante del sentimiento de decepción. Segundo, tristemente el público se pasa gran parte de la película esperando que la nariz de Giancarlo Giannini (policía Rinaldo Pazzi) pase a ser la siguiente degustación de Hannibal, sin embargo lo escabroso y netamente caníbal se deja esperar demasiado, hasta prácticamente la última escena, que sí es muy desagradable.

Finalmente, Julianne Moore, Clarice Starling, nos recuerda constantemente a Jodie Foster, con su mirada profunda, su frialdad profesional y su gran intuición pero, lo peor, es que uno se pasa toda la película comparándolas sin que se despeje la ensoñación con la Foster. Pero es esto ¿una buena actuación o una buena imitación por parte de Moore? La decisión es vuestra.

Anthony Hopkins brilla con luz propia, y es que Hannibal realmente gira entorno a este actor, hasta se diría que la película fue escrita para él de manera que uno no sabe a ciencia cierta dónde empieza Hannibal y dónde termina Hopkins.

Ahora, visualmente, Hannibal está muy bien logrado con una sofisticación operística en la puesta en escena. Scott presenta un dominio absoluto del contraste blanco y negro, una predilección por tonos azules y un juego constante de sombras que acelera el pulso y eleva la angustia (como la cara de Hannibal flanqueada por luz y sombra mientras habla con el policía Rinaldo Pazzi en su apartamento de Florencia).

También, la música llega a ser un ingrediente esencial a lo largo de Hannibal. Así, abundan las operas que con sus arias y melódicas dramatizaciones realzan la belleza de las escenas florentinas al tiempo que incrementan la tensión.

Basta decir que la decepción del público procede de su propia expectación. Y es que diez años son muchos años de espera y como tal es fácil que lo imaginado no guarde relación con lo visto. Pero si el espectador es capaz de ver Hannibal como una película independiente, más que una secuencia, disfrutará de un thriller bien contado, aunque falten las escenas escabrosas, salvo la última.

Nina Hofman



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