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FUTBOL-EUROCOPA/ESPAÑA-PORTUGAL

Dos "mareas rojas" disputaron un colorista derbi ibérico

20/06/2004 - 20:52(GMT)

Por Juan Frisuelos Lisboa, 20 jun (EFE)- Dos "mareas rojas", una de color más vivo y otra burdeos, rivalizaron hoy pacíficamente, con aplausos, vítores y cánticos, en las gradas del Estadio Alvalade XXI en la que ha sido denominada la primera "final anticipada" de la Eurocopa 2004 y un auténtico derbi ibérico.

Los multicolores asientos de la "catedral" verde y amarilla del Sporting de Lisboa, la "casa" de la que el madridista Luis Figo falta hace ya ocho años, fueron testigos del ruidoso y vistoso choque entre dos aficiones ibéricas, que se saldó con la victoria de Portugla por 1-0.

Horas antes del encuentro, las dos "mareas" fueron confluyendo desde todos los puntos cardinales lisboetas en Alvalade, en una animada y pacífica fiesta que tuvo uno de sus epicentros en el corazón de la capital lusa, la Plaza del Rossío, donde unos y otros se divirtieron y confraternizaron sin perder la esperanza de ver ganar a sus colores.

Desde primera hora de la mañana también estaban inundados de rojo, amarillo y verde los alrededores del estadio, y tan pronto como se abrieron las puertas, los aficionados españoles y portugueses buscaron sus localidades para ver quien cantaba, gritaba y aplaudía más fuerte en apoyo de los suyos.

El fondo sur se fue poblando de una mancha roja y gualda que saltaba, gesticulaba y expresaba su fervor con cánticos de "¡A por ellos, oe! o "Este partido lo vamos a ganar".

Del otro lado, una masa de rojo más oscuro y verde les respondía con "Portugal, Portugal", con tal intensidad que ensordecían la música de ambiente que sonaba en los altavoces de Alvalade, incluso cuando pasaron el vídeo con el himno del Europeo, cantado por la luso-canadiense Nelly Furtado.

Hasta los socorristas de la Cruz Roja parecían respaldar con sus colores a la selección de Luiz Felipe Scolari al vestir polos de color verde bajo los rojos petos.

Los jugadores españoles fueron los primeros en llegar al estadio y en pisar brevemente el césped de Alvalade, cuando las "mareas rojas" ocupaban hasta rebosar los asientos del estadio, en el que precisamente el rojo es el único color "prohibido" por la rivalidad con el Benfica, que tiene los suyos de un rojo chillón.

En su primera salida al terreno de juego, Scolari bromeaba haciendo gestos de estar temblando, y la salida de los tres porteros lusos, Ricardo, Moreira y Quim, se tradujo en una apoteosis de las gradas de sus seguidores, respondida instantes después por otra sonora bienvenida a Casillas en el campo contrario y el despliegue de descomunales banderas En un gesto generoso, los españoles cedieron a sus rivales el privilegio de exhibir sus colores ante la afición (camiseta roja y pantalón verde), y ellos se equiparon de blanco, con la bandera nacional en bandas laterales.

En las gradas españolas se desplegaban grandes pancartas que identificaban los orígenes: Burgos, Zamora, Almendralejo, Polán, Mérida, León, Calahorra, Griñón, Sevilla, Navalmoral, Talavera, Berlanga o Barcarrota.

Durante horas, en coche, furgoneta, autobuses, trenes y aviones unos 17.000 aficionados españoles habían ido llegando a la capital portuguesa y en las fronteras, donde generalmente no hay colas, se formaron filas en algunos momentos.

Entre los portugueses, algunos anunciaban que provenían de Setúbal, Barcelos o Trafaria, pero otros trataban de politizar más el derbi con pancartas que decían "Aljubarrota 2004" o "Olivenza es tierra portuguesa".

Pero por encima de todo, la alegría y banderas, miles de banderas, de todos los tamaños y para todos los usos imaginables, desde capas a cintas de pelo, en gorras o sombreros, en pelucas bicolores o en pinturas en los rostros al modo indio.

También miles de bufandas, a las que los portugueses denominan "cachecolos", con los colores y escudos de las respectivas selecciones, que eran mostradas extendidas por los enfervorizados hinchas españoles y portugueses.

Manolo el del Bombo, junto a una pancarta de los "ultrasur", entonaba a los españoles, menos numerosos, pero no menos ruidosos.

En la fiesta del color, los más discretos, a parte de los árbitros enfundados en sus negra indumentaria, eran los seleccionadores con sus atuendos deportivos, ya que ninguno es aficionado al traje y corbata en el banquillo.

El español Iñaki Sáez, de blanco y azul con su tradicional gorra, y el brasileño Scolari en tonos azules, del más oscuro al celeste y sin dejar de saltar de la caseta a dar instrucciones a los suyos, y también a crear presión al contrario. EFE jff/jl

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Terra/EFE

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