Cambalache en el fútbol argentino
La sospechada goleada de Boca a Gimnasia en apenas 45 minutos de juego, dejó en evidencia que el fútbol argentino sigue lejos del fair play y que las barras bravas mantienen su poder, pese a que ahora en el ambiente de la redonda se llenan la boca diciendo que se los va a combatir con todo el peso de la ley.
El fútbol argentino está cada día más cerca del título que Enrique Santos Discépolo le dio a uno de sus tangos más famoso: Cambalache.
Hagamos la salvedad de lo obvio: hoy Boca es muy superior a Gimnasia y lo puede golear tranquilamente. Pero cualquiera que vio el partido se dio cuenta de que no fue algo normal.
Incluso, los mismos protagonistas no se encargaron de ocultarlo. Los jugadores de Boca no festejaron los cuatro goles y los de Gimnasia no se esforzaron por evitarlos.
El día después trascendió, según el diario deportivo Olé de Argentina, que los jugadores de Gimnasia fueron amenazados de muerte por barrabravas (en la víspera del partido) para que se dejen ganar y así perjudicar a Estudiantes -su clásico rival- en la lucha por el título.
Por si fuera poco, Boca tuvo al minuto de juego la ayuda desinteresada de un árbitro como Daniel Giménez (y como lo fue Javier Castrilli en su época) que no entiende que el fútbol no es el básquet. Al mínimo contacto físico entre Goux y Palacio, el Sargento cobró otro de sus ya habituales penales. Y Palermo se encargó de facturar.
En apenas cuatro minutos, después de que Palacio se paseó adelante de la defensa y el arquero de Gimnasia para decretar el 2-1 (se recuerda que el local ganaba 1-0 cuando se suspendió al término del primer tiempo hace unos meses), Boca tenía liquidado el pleito y sacaba una diferencia clave a River y Estudiantes en la lucha por el título.
Contradiciendo la famosa frase de Diego Maradona, la pelota sí se mancha. Y tampoco River o Estudiantes pueden arrojar la primera piedra, si se les recuerda que en la temporada pasada hicieron lo mismo en sus partidos ante Gimnasia y Boca. A esta altura suena irrisoria otra frase típica de los protagonistas: "El futbolista es lo más sano que tiene el fútbol".
Entonces, hay que luchar para cambiar la mentalidad de todos. Futbolistas, dirigentes, hinchas y también periodistas, para que el fútbol argentino vuelva a ser lo que era.
Todos los que estamos en el ambiente del fútbol doméstico conocemos bien a los jefes de las barras bravas. El derecho de admisión suena como darle una aspirina a un enfermo terminal. La medida debería ser política para alejarlos del fútbol. Pero se sabe que los políticos suelen usar a estos mercenarios de la tribuna para las elecciones y para sus intereses.
El fútbol argentino está podrido desde su cabeza. La AFA tiene un presidente como Julio Grondona que se mantiene en el cargo hace 27 años (cuando en el país la gente ya empieza a cansarse de las ansias de poder reeleccionista de sus dirigentes) y que su lema es Todo Pasa, grabado incluso en un anillo que porta con orgullo en uno de sus dedos.
Claro, pasan los partidos arreglados. Pasan las amenazas de los barrabravas. Pasan los muertos por la violencia en las canchas. Pasan los préstamos monetarios a los clubes para que después voten lo que tienen que votar en la elección de la AFA. Pasan los entrenadores que tienen porcentajes de los pases de los jugadores. Pasa el arreglo en los fixtures y en el sistema de los campeonatos. Todo pasa.
Lo que no pasan son los negociados de la AFA y la televisión (TyC Sports obtuvo sin licitación los derechos para televisar los partidos hace mucho tiempo y todavía le quedan años de contrato).
No pasan los representantes o managers de los futbolistas que dentro de poco van a querer comprarlos cuando están en la escuela primaria para después hacer su millonario negocio vendiéndolos al exterior.
Esperemos que no pase el hincha genuino que ama a su club. También que vuelvan esos futbolistas que defendían a la camiseta con orgullo y honestidad. O esos dirigentes intachables (¡sí, los hubo!) para manejar la AFA y los clubes. Y que tengan una mayor llegada a la gente los periodistas que no son cómplices de este cambalache.
Gabriel Casas

(Ap)



