PANTALEÓN Y LAS VISITADORAS: EFERVESCENTE E IRREVERENTE

 

En Perú, Francisco Lombardi ha convertido la mejor novela de Mario Vargas Llosa en sardónica zarabanda mezclada con vodevil sentimental. Es Pantaleón y las visitadoras, la historia del pundonoroso joven militar a cargo de una escabrosa misión: reclutar mujeres para satisfacer las necesidades sexuales de los soldados destacados en remotos cuarteles de la Amazonia.

Eligen a Pantoja por su comportamiento intachable y mentalidad estadística. Lo organiza todo con deshumanizada eficiencia y la gracia del film deriva del contraste entre el lenguaje oficial y la naturaleza del servicio especial.

 

En el exacto esquema de Pantoja, los soldados son los usuarios, los emplazamientos son las camas, las prostitutas son las visitadoras y ya ustedes se figuran lo que son las prestaciones, que el capitán aspira a elevar a 8,726 al mes, si le aumentan a 2,27l el pelotón experimental de hetairas uniformadas. ¡Ah!, pero la libido no se puede legislar y Pantoja cae en las redes seductoras de su ramera estrella, la Colombiana, que lo tienta como Thais al santo varón, sin necesidad de arias de Massenet. Salvador del Solar y Angie Cepeda danzan un hilarante pas de deux carnal en un par de actuaciones de excepcional versatilidad, ante la creciente alama de laveterana matrona Chuchupe (Pilar Bardem, celestial celestina con garbo de cacatúa).

Lombardi siempre ha sido un director muy bueno, pero muy serio. Muy escondidito se tenía el sentido del humor que ahora burbujea, efervescente e irreverente, en las picantes burlas al sexo reglamentario y reglamentado. Pero el filme es ladinamente reversible y se profundiza al confesar Pantoja su necesidad de tener jefes, de haber nacido militar porque está hecho para obedecer órdenes. En la conclusión, la comedia se revela como el drama casi esquizoide de un hombre rico en imaginación y pobre de espíritu.

Terra / El Nuevo Herald

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