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Crónicas desde Colombia
(por Mónica Godoy, enviada especial)
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NARCOTRÁFICO



Un hombre joven y unos niños toman un descanso después de un día de trabajo en Puerto Asis, en el corazón de los cultivos de coca del sur de Colombia. Familias completas trabajan en estos terrenos donde pueden colectar hasta $15 y $20 dólares diarios. (AP/RicardoMazalan)
Tres años atrás, su padre había muerto de una enfermedad pulmonar. Jaime, de 12 años y estudiante de tercero de primaria, quedaba sólo junto a su madre de pocos recursos.

Huérfano y pobre, a Jaime no le quedó otro recurso que abandonar la escuela para trabajar en Armenia, Quindío, como lavador de carros y pisos.

El trabajo, sin embargo, no duró mucho y cambió por otro en un hotel de mediana categoría donde trabajaba como guía. Allá las fiestas para atender a los clientes eran frecuentes y una de esas veces, cuando tenía 15 años, Jaime conoció a Andrea Quiceno, una mujer de 23 años que lo convenció de irse a Dosquebradas, Risaralda, para entrenarlo en otro oficio que lo sacaría rápido de la pobreza.

El niño permanecía en una casa todo el día, y lo único que hacía era ingerir uvas recubiertas con compota (alimento para niños). "Era el entrenamiento más adecuado para que se acostumbrara al relieve de las cápsulas de heroína", señaló Quiceno en su confesión a la Fiscalía General de la Nación. La mujer le ofreció $18 mil dólares a Jaime como promesa si ´coronaba´ el viaje a Nueva York con la droga en su estómago. "Quería comprarle una casa a mi mamá", señaló el niño a funcionarios del Instituto Colombiano de Bienestar Familiar, ICBF, horas después de que fuese detenido en el aeropuerto Eldorado de Bogotá con 65 cápsulas de heroína dentro de su cuerpo, y dos kilos más entre su equipaje.

El drama de Jaime lo viven cientos de colombianos que buscan en el transporte de droga la consecución de un sueño o la solución, así sea parcial, de sus problemas económicos. Pero su ansiedad es aprovechada por la malicia infame de un mercado que como el narcotráfico mueve $110 mil millones de dólares al año en Estados Unidos y Europa.

Según un informe de la revista Time, Colombia produce 185 toneladas métricas de cocaína, el 61 por ciento tiene como destino Estados Unidos y el restante 39 a Europa. Además, provee del 65 por ciento de la heroína que se consume actualmente en el país del norte.

Las cifras van en contravía de lo que se pensaba con el desmantelamiento de los carteles de Medellín y Cali: de cinco organizaciones dedicadas al narcotráfico en 1985, hoy ya son más de 80 que cuentan con nuevas reglas, nuevas rutas y nuevos jefes. Ya no son los ostentosos cabecillas que paseaban por las ciudades con un ejército de guardaespaldas; los que derrochaban millones de dólares en la compra de edificios, fincas y autos clásicos. El narcotraficante de hoy tiene otro perfil y otros negocios que les permiten mantener el mercado rentable.

Por ejemplo, ya no importan la base de coca desde Bolivia y Perú, sino que ya la producen en el país, más exactamente en los departamentos de Putumayo, Caquetá, Guainía y Guaviare. Además, tal como dice el último informe del Programa de las Naciones Unidas para la fiscalización Internacional de Drogas, los narcos han diversificado sus productos, concentrándose más en la heroína, que les reporta la mayor parte de la ganancia anual de dos mil millones de dólares. Ello se consigue gracias a que en el mercado norteamericano un kilo de este narcótico cuesta $150 mil dólares, mientras el de cocaína sólo $20 mil.

Por tal motivo los narcotraficantes colombianos han concentrado su esfuerzo en el aumento de los cultivos ilícitos. Según datos de la DEA, en 1995 existían cinco mil hectáreas sembradas; este año podrían llegar a 200 mil (aunque la Presidencia de la República tiene calculadas 100 mil hectáreas), cifra que se duplicaría en dos años. Semejante crecimiento les permitiría ganar en sólo contrabando de amapola unos $600 millones de dólares anuales.

Pero a mayor lucro, mayor pobreza en Colombia. Se tiene estimado que los narcotraficantes tienen invertidos en el exterior cerca de $10 mil millones de dólares, y buena parte de ese dinero estuvo antes haciendo parte de la economía del país, más exactamente de un tres por ciento aproximado del Producto Interno Bruto, PIB, según datos de la Dirección Nacional de Estupefacientes.

Sin embargo, esta suma de dinero se ha fugado a Ecuador, Argentina, México, Venezuela y Panamá, entre otras naciones, debido a las acciones de la Policía Nacional y al interés de los delincuentes por no dejar huella de sus delitos. Como consecuencia, la economía colombiana entró en una recesión de la cual todavía no ha podido salir. Las operaciones de la fiscalía y los organismos de seguridad de Estado, como el Proceso 8000 y la Operación Milenio, han dejado al descubierto la influencia del narcotráfico en todos los estamentos públicos y privados del país.

En la actualidad el poder del narcotráfico no se observa en la proclamación de sus jefes como candidatos políticos, tal como ocurrió en 1984 con Pablo Escobar; ni en la violencia desaforada contra los líderes que estaban en su contra, como el asesinado candidato presidencial Luis Carlos Galán en 1986; y tampoco en su ambición de adquirir tierras, tal como ocurrió en la década del 80 cuando los narcos poseían más de cuatro millones de hectáreas. Eso no significa que hayan dejado de ser actores violentos: de los 24 mil homicidios que se cometen al año, del 25 por ciento es responsable el crimen organizado, según estadísticas de la Policía Nacional.

Ahora los narcos se concentran en la corrupción de mandos altos, medios y bajos en la política, los deportes, las empresas, en fin, en todo lo que pueda esconder el dinero mal habido del tráfico de drogas para luego ´lavarlo´ sin sospecha. Las ganancias que se obtienen en este negocio ya no son tratadas como plata de bolsillo de unos pocos jefes sino como capital empresarial de varias compañías. Ya el control de envíos y entregas se hace vía internet y las inversiones ya no las elige el campesino ´nuevo rico´ sino profesionales banqueros que conocen al dedillo la Bolsa de Bogotá, Tokio o Nueva York.

Enumerados los daños ecológicos provocados por los cultivos ilícitos, el consumo interno y externo de estupefacientes, la corrupción, la recesión económica y la violencia, hay uno que alimenta la crisis que afecta a toda Colombia: el fomento y la financiación de la subversión mediante el tráfico de drogas.

Hace pocos días el presidente del Perú, Alberto Fujimori, denunció que las fuerzas armadas de su país habían detenido un cargamento de armas procedente de Jordanía, y que tenía como destino la guerrilla de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, FARC.

El informe decía que el ex jefe del Estado Mayor de las Fuerzas Armadas jordanas, general Abdel Hafez Kaabne había enviado a los insurgentes un cargamento de 10 mil fusiles Kalashnikov entre marzo y julio de 1999. Y el pago se hizo, según los analistas, mitad en efectivo, mitad en kilos de coca. Esta operación es sólo una parte de la estrategia rebelde para comprar $5 millones de dólares de armamento. Ese dinero es una minúscula porción de los $260 mil millones de pesos que la guerrilla recibe por concepto del narcotráfico.

Mientras tanto, el Estado colombiano espera la ayuda de $1.300 millones de dólares del Plan Colombia sugerido por los presidentes Bill Clinton y Andrés Pastrana, y aprobado por el congreso estadounidense. Con ellos pretenderá apoyar a la Policía Nacional y al Ejército en la eliminación de los cultivos ilícitos (hoy se destruyen 40 mil hectáreas); en la lucha contra los narcos con el envío de helicópteros, radares y material bélico, así como en la sustitución de plantíos de hoja de coca y de la cual obtienen sustento cerca de 300 mil colombianos.

Terra / Mónica Godoy, enviada especial