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PIZZA CON CHAMPAÑA, EL POLÉMICO ESTILO DE MENEM


Menem celebrando sus 69 años. (julio 99, AP Photo/HO)
Durante sus diez años como presidente de Argentina, Carlos Menem destacó por su peculiar gusto y turbulenta vida privada, con un estilo que sobresalió tanto como su gestión.

"El menemismo ha hecho del mal gusto su seña de identidad", declara la escritora y periodista Sylvina Walger, autora de la obra "Pizza con champán", el mejor retrato costumbrista de Menem y su entorno en estos diez últimos años.

Procedente de la región argentina de La Rioja, amante del poncho y con largas patillas imitando al caudillo Facundo Quiroga, Menem conquistó el poder de Buenos Aires e instaló una era de arribismo, derroche y "revancha" de la provincia frente a la capital. Se instaló la época de la pizza con champán, el menú favorito de Menem y que incluso sirvió para agasajar a personalidades de relieve internacional en la residencia presidencial de Olivos. Fue, precisamente, pizza con champán lo que ofreció Menem a sus ministros en su última reunión de gabinete, el 2 de diciembre de 1999, como un símbolo para remarcar el espíritu de la época. "Pudiendo elegir entre Armani y Versace, el modisto oficial fue el estridente Versace", resume Sylvina Walger.

Amante del buen vestir y muy meticuloso con su imagen personal, Menem no tuvo reparos en recurrir a la cirugía estética, tan frecuente en Argentina, o a un tupé para cubrir su incipiente calvicie, que llegó a ser la pesadilla de su peluquero en los actos oficiales.

THE BEST, el nombre del escándalo

En 1992, el presidente argentino fue incluido en París entre los nominados para el premio The Best a las personalidades mejor vestidas del mundo. "Este es un precio a mi habilidad para vestirme, al gusto y al talento en la elección de mi vestimenta", dijo el gobernante en aquella ocasión.


(AP Photo/Natacha Pisarenko, La Nación)
Menem, de 69 años, gobernó durante diez años en medio de frecuentes escándalos por actos de sus amigos, parientes o funcionarios de alto rango, en un gusto por la "transgresión" que, según Walger, llevó a "legalizar las peores actitudes del porteño". La periodista considera que "Menem legalizó la cultura del 'vivo' en Argentina". El ex presidente quedará como el hombre que se peleó por conservar para sí un Ferrari obsequiado, que compró un avión presidencial de 66 millones de dólares y gastó 13 millones más en acondicionarlo, y que hizo del jacuzzi "el símbolo de la década". Gobernó, por otra parte, en medio de una atormentada vida privada.

Los problemas con su esposa Zulema habían comenzado antes de que llegara a la Presidencia, pero las peleas en el hogar alcanzaron su cumbre cuando fue expulsada de la residencia de Olivos, junto con sus dos hijos, en junio de 1990. Carlos Menem y Zulema Yoma ventilaron sus "trapos sucios" en público, en una pelea que incluyó denuncias de golpes, de infidelidades y de traiciones familiares, todo seguido por los argentinos como si se tratara de una mezcla de telenovela venezolana con la serie estadounidense Dallas.

Nunca en la historia del país la figura de un presidente ha sido más escrutada que la de Carlos Menem. La mayoría de las veces, el morbo fue alimentado por los mismos protagonistas o por personas intermedias. No es extraño que la obra "Menem, la vida privada", de la periodista Olga Wornat, sea líder de ventas en las librerías argentinas. "En la historia de la Argentina habrá un antes y un después de Carlos Menem", asegura Wornat en su libro. Añade que "la vida de Carlos Menem, con sus victorias y sus fracasos, con sus virtudes y sus miserias, muestra a un hombre del que, mientras viva, nunca se podrá escribir la última palabra".

Considerado un seductor por naturaleza, Menem acumuló fama de mujeriego, pero también logró "conquistar" a figuras como el ex presidente estadounidense George Bush.

Pero el estilo de Menem para ejercer el poder parece haber saturado a los argentinos porque, cuando votaron en los comicios del 24 de octubre, eligieron a Fernando de la Rúa, un hombre austero, de tinte conservador y fama de aburrido. "Por primera vez, los argentinos están cansados de creer en los peces de colores", sostiene Sylvina Walger.



Terra/Efe/Agustín Gracia