El periodista estadounidense Richard Conniff explica en su libro "Historia natural de los ricos" que los ricos son una subespecie cuyo nexo de unión es el 'ruin y vil' dinero.
Los estudios consideran millonario a cualquiera que alcanza a tener en su cuenta corriente una cantidad de siete cifras (sin decimales), en dólares o euros. Dentro de este selecto grupo que no toca las estrellas, pero es capaz de comprar su sucedáneo terrestre, se engloban aproximadamente unos siete millones de personas en todo el mundo. Sin embargo, incluso entre ellos, hay diferencias, como anualmente señalan listas como la Forbes u otras parecidas.
El periodista estadounidense Richard Conniff, conocido por su labor en National Geographic y el New York Times, se percató en un viaje a al Principado de Mónaco, que esos hombres y mujeres, cuya mejor tarjeta de presentación a los ojos del resto de la sociedad es el dinero que tienen o que los demás piensan que tienen, podían ser estudiados desde un punto de vista, no solo económico sino también sociológico.
Es decir, que los ricos forman un grupo bastante homogéneo de actitudes dentro de la sociedad que les rodea. Las conclusiones, tras una larga investigación, las plasmó a lo largo de más de 300 páginas en su libro "Historia natural de los ricos" (Taurus). En el cual, desentraña en todos los ámbitos como ellos, con todo su dinero no pueden evitar ser humanos y muy parecidos a los primates.
"PRÉSTAME ATENCIÓN"
El porqué un periodista abandona sus temas habituales y ahonda en la idiosincrasia de los seres humanos que tienen más dinero que el resto de los mortales, queda claramente explicado al principio de este libro. Conniff deambulaba por la corte de Rainiero y tomaba una copa con un agente de bolsa, ambos observaban a los especímenes que pululaban a su alrededor.
"Era un supramundo de esposas trofeo y traficantes internacionales de armas, todos eran ricos y hermosos", relata. De repente, el “"roker" tomó un sorbo de su copa y dijo: "Todos somos el mismo animal, con Cartier o sin él. Uno puede acumular a su alrededor signos y símbolos, pero todo se reduce a lo mismo que el trasero colorado de los monos, es decir: Préstame atención".
La escena le quedó grabada al estadounidense, que había pasado gran parte de los últimos 20 años escribiendo sobre el mundo animal como reportero. Recordaba más aún que en una conversación con un biólogo le había dicho: "Las normas entre los babuinos son las mismas que en una novela de Jane Austen: mantener estrechos lazos con los parientes y tratar de ser aceptado por animales de alto rango".
Y aunque los ricos no son genéticamente distintos a ningún ser humano, los mecanismos sociales en los que se mueven si son distintos a los de la mayoría. A pesar de ello es posible ubicarlos en una comparativa, que es lo que Conniff lleva a cabo, con las actitudes de muchos primates.
Rico deriva de la misma raíz indoeuropea que produjo la palabra celta rix, la latina rex y la sanscrita rajá, que significan rey. Y, de hecho, en muchas culturas, el hecho de tener riquezas conlleva un aura de realeza. A veces, los estudios no se ponen de acuerdo sobre con cuanto dinero uno es millonario o digno de entrar en el club.
Solo en Estados Unidos hay 590.000 pentamillonarios, o lo que es lo mismo, personas que poseen cinco millones de dólares sin contar con su casa, pero también hay documentos específicos que incluyen solo a centimillonarios.
No obstante el escritor considera que el umbral de la riqueza esta en ser pentamillonario
–los banqueros de Nueva York no coinciden y hablan de 10 millones como riqueza menor-, ya que "un sueldo de 500.000 dólares no le hace a uno rico, porque sigue teniendo que fichar y besar algunos traseros de la jerarquía".
Sin embargo, quizá lo más curioso es que en el transcurso de su investigación, descubrió que si hablaba con alguien que tenía cinco millones de fortuna ponía el umbral de la riqueza en diez; si tenía diez eran 25 y así sucesivamente, según tenían más dinero, mayor era el umbral. El razonamiento para esta actitud: "Siempre hay alguien un poco más rico justo delante o alguien que amenaza con hacerse más rico y que viene pisándoles los talones". Lo que convierte en realidad aquello de "lo malo de ser rico es que uno no ve más que otros ricos".
Uno de los puntos más interesantes es que la dinámica de ser rico aparta inevitablemente a las personas. "Las aísla del resto de la población –dice el periodista-, lo cual es el primer paso de cualquier proceso evolutivo, y fomenta inexorablemente que se convierta en algo distinto. Entran a formar parte de una comunidad con sus propias conductas, sus propios códigos, su propio lenguaje, sus propios hábitats...".
Por eso, este investigador ha acuñado una nueva subespecie cultural el "Homo sapiens pecuniosus". Apoyado en las teorías del zoólogo Konrad Lorenz que acuñó el término "pseudoespeciación cultural": "La tendencia de los grupos humanos a dividirse en unidades sociales diferenciales, casi como especies, y a crear barreras que los separan de otros grupos (...) se tarda por lo menos unas cuantas generaciones en dar estabilidad y un carácter de inviolabilidad a las normas y ritos sociales de grupo". En el caso que ocupa este libro, los signos externos son demasiado sutiles para que los extraños los perciban, que es de lo que se trata, al menos en parte.
INSTINTOS PRIMARIOS.
Un denominador común de la subespecie parece ser la típica frase de millonario, "el dinero, en sí mismo, no me interesa demasiado". El autor señala que la gente pudiente siempre ha considerado que "su inteligencia, su ingenio, su gusto, su capacidad atlética –todo excepto su dinero- es lo que les hace especiales".
Cuenta la anécdota de una esposa de un millonario a quien su marido le pide que haga algo, ella se niega, en un principio. Él, conocedor de su compañera, le ofrece dinero hasta que ella dice que sí. Demuestra, o intenta demostrar la máxima, de que realmente todos son comprables, lo único que hay que saber es el precio, sea dinero, poder u otra cosa.
Destaca el hecho de que, realmente, el fin no es realmente el dinero, todo lo contrario, sino otros instintos más primarios como la búsqueda del dominio, de control, de oportunidades de apareamiento y, sobre todo, de rango. "En otras palabras –señala-, el dinero lo que hace es ponerlo a uno en el terreno de juego".
Con muchas otras anécdotas y datos cualitativos y cuantitativos, Conniff explica como el "Homo sapiens pecuniosus" se siente gracias al dinero más alto y guapo –van erguidos hacia delante en actitud dominante, como un gorila que golpea orgulloso su pecho o consideran el dinero, en sí, un afrodisiaco -, se reafirma socialmente con la caridad, o busca lo que los biólogos llaman el "apareamiento concordante" para cerrar el círculo en el que viven.
Todo ello en comparativa con los animales, especialmente con los primates, para dar una imagen del rico y su dinero más allá del sonido del metal, pero inevitablemente unida a él. A lo que añade una guía epílogo para acceder y moverse en su subcultura.