La humanidad ha tenido que enfriar mucho sus emociones y sus
creencias, sus mitos y sus ensoñaciones para llegar a ese descubrimiento. En
el camino hacia tan sencilla, y con frecuencia desoladora, percepción se han
quedado las explicaciones que nos daban o nos dábamos sobre nuestros
encuentros y desencuentros. “No encuentras trabajo porque eres un vago,
porque no buscas suficientemente, porque no aceptas lo que te ofrecen”, es
el epíteto que tanta gente joven recibe hoy cuando el mercado de empleo no
les es propicio. Y menos mal que esta condena no suele ir acompañada de otra
más rotunda de tiempos pasados: “No encuentras trabajo porque Dios quiere
castigarte por tu indolencia”.
Entender las circunstancias del mercado de empleo, emplear la imaginación
sociológica, puede que no haga más llevadero el trance pero, por lo menos,
sirve para que los desempleados no acepten el insulto añadido y se desanimen
aún más.
La imaginación sociológica no ha solido estar en el currículo escolar,
aunque desde hace cincuenta años en Europa y algo menos en España, los
estudiantes de secundaria reciben clases de ciencias sociales y de una
historia algo más contemporánea. Claro que las otras pedagogías, la calle,
los amigos, lo que uno lee o escucha y la reflexión resultante equipan a las
nuevas generaciones para entender las causalidades sociales casi con la
misma claridad con la que las ciencias más duras les ayudan a entender las
otras casualidades.
Los niños pobres adquieren la imaginación sociológica
antes que los niños ricos y, sobre todo, que los de la clase media
tradicional que, hace cincuenta o sesenta años, eran exhortados por las
pedagogías formales y las informales a evitar un pronto encuentro con la
dura realidad y a enmascarar ésta. La literatura picaresca existente en
todas las lenguas y culturas nos presenta un variado muestrario de gentes
hábiles en la gestión de la pobreza, astutos en las relaciones humanas, lo
suficientemente al menos como para averiguar los propósitos que los más
poderosos tenían sobre sus vidas y tratar de evitarlos. También los
refraneros populares, en sus versiones oral y escrita, contienen ese
recetario del que el pueblo ha echado mano para entender el mundo.
La imaginación sociológica es como el currículo invisible de nuestro
aprendizaje vital, una maduración progresiva que nos ayuda a defendernos de
los poderes más concluyentes. Porque los poderes y sus apéndices ideológicos
tratan no solo de gobernar la realidad sino, sobre todo, de imponer su
interpretación sobre ella. “El rey gobierna en nombre de Dios”, “El sexo
sólo es legítimo dentro del matrimonio”.
De la imaginación sociológica vamos echando mano a medida que maduramos a la
vida y, aunque ésta es más sabrosa cuando no la analizamos constantemente,
puede resultar desastrosa si prescindimos de ella.