Garzón es siempre muy ambiguo en sus respuestas. Se ve que, habiendo
padecido el régimen de Franco, tiene ojos muy alertas para juzgar los
crímenes de la derecha pero es miope para ver los de un régimen de
izquierda.
Así que cuando un reportero del periódico dominicano Listín
Diario le preguntó: ¿¿ Se atrevería usted a enviar a prisión a Fidel
Castro?, Garzón, de ordinario tan decidido cuando se trata de militares
chilenos o argentinos, se salió por la tangente explicando que ¿ las normas
internacionales no pueden proceder contra jefes de Estado que están activos¿. Su única travesura fue la de recordar que a raíz de la detención de
Pinochet, realizada a petición suya, Castro recortó su visita a España y
emprendió un rápido regreso a Cuba.
Ahora el juez español debe haberse quedado con la boca abierta viendo que
su inofensiva alusión ha producido una torrencial diatriba por parte del
barbudo líder cubano, contenida en una carta dirigida a Miguel Franjul,
director del periódico dominicano. Casualmente me encontraba en Santo
Domingo, disfrutando de una grata visión del Caribe a primera hora de la
mañana, cuando cayó a mis manos el ejemplar de Listín Diario con dicha
carta y, en su primera plana, una furibunda foto de Fidel y un título,
desplegado a todo lo ancho, con su amenazadora advertencia: ¿Si me llegan a
detener, habrá combate¿.
Mejor dicho, bala. No en vano Castro anda, donde quiera que vaya, con
cocineros que prueban su comida y con una constelación de miembros de la
Seguridad de Estado, bien armados, que miran al trasluz las hojas de vida
de los periodistas para no darle paso en las ruedas de prensa sino a los
incondicionales, husmean cestas y ceniceros, palpan paredes y levantan hasta
la tapa de los excusados en busca de bombas o micrófonos secretos. ¿ Se
imaginan ustedes lo que ocurriría con ellos si alguien, a ordenes de un juez
extranjero, viniera a detener a su líder máximo? La noche de San Valentín,
en el Chicago de los años 30, sería un pobre remedo de la balacera que
armarían para impedirlo.
A mí, como a muchos, la carta me hizo sonreír. Uno no sabe que diagnóstico
merece ella: demencia senil, furiosa esquizofrenia o una mezcla de las dos.
Se ve que, desde lo ocurrido a Pinochet, el fantasma de la detención no
deja dormir en paz a Fidel. Él sabe de sobra que en las cumbres
iberoamericanas ningún peligro corre. Con excepción del rey Juan Carlos, de
Aznar, de Miguel Angel Rodríguez y de algún otro, que no lo tragan entero,
los demás presidentes le abren los brazos. Parecen Caperucitas que se
negaran a ver las orejas del lobo feroz. Chávez ni se diga. Entra en éxtasis
cada vez que lo ve. Y hasta el dominicano Hipólito Mejía intenta ganar su
complicidad diciéndole: ¿ Ahora habemos (sic) tres locos en el Caribe¿. Pero
pese a todo, Castro no está tranquilo. Cualquier juez podría aguarle la
fiesta ahora que quedó sentado el precedente protagonizado por Garzón. El
que mucho debe, mucho teme.
Como es sabido, el comandante no tiene eso que los franceses llaman
¿espíritu de síntesis¿. Sin tomar en cuenta sus urgencias primarias, inflige
a sus interlocutores agotadores monólogos hasta el amanecer, para no hablar
de sus intervenciones en televisión o en la plaza pública que participan de
la misma incontinencia verbal. La carta al director del Listín Diario
ilustra también esta desmesura. Es tan loca que acaba dándole al propio
Pinochet todos los argumentos por los cuales no podía ser detenido y juzgado
en el extranjero. Las culpas del chileno se las endosa a Estados Unidos. Y
se apresura a explicar que lo ocurrido en Cuba son sólo ¿castigos ejemplares
a criminales de guerra¿, fórmula con la cual absuelve todos sus horrores,
incluyendo detenciones y condenas abrumadores para cuantos disienten del
régimen, si no es el paredón, extensivo a sus antiguos amigos y cercanos
colaboradores como Ochoa o Tony de la Guardia.
Leyendo la carta de Castro, uno se da cuenta que su detonador fue la
siguiente y para él muy molesta declaración de Garzón : ¿ lo que recuerdo es
que el presidente cubano tenía una entrevista en España y en vez del tiempo
que tenía previsto estar, se marchó en unas horas¿. Ante semejante
insinuación de miedo o cobardía por parte suya, Castro se considera obligado
a relatar minuciosamente su paso por la Península mientras Pinochet era
detenido en Londres. Después de su entrevista con Aznar en la Moncloa,
decide, en efecto, dirigirse al aeropuerto, sin demorarse un minuto más en
España. No por miedo a Garzón, dice, sino porque, según sus palabras,
estaba ¿aburrido de tantas autopistas, tantos ríos de automóviles y tanto
derroche de luces y energía que agobia a la capital de España¿.
Necesitaba,
por lo que vemos, regresar cuanto antes a la penuria y a los racionamientos
eléctricos de la Habana, a los decrépitos autos de los años cincuenta, a las
calles oscuras, a las ¿jineteras¿ y demás maravillas de su paraíso
socialista. Y, ojo, que ningún juez se lo impida porque en su caso, ya lo
dijo: ¿habrá combate¿.