Diana, un icono mundial con un destino que mezcló magia y tragedia
Elegante, indómita y vulnerable, reflejo de un cierto ideal femenino, la princesa Diana se convirtió a su muerte, hace diez años en París, en una figura para siempre idealizada por un destino que mezcló elementos de magia, telenovela, drama y tragedia.
Con el tiempo, la ola de emoción que embargó a los británicos a su muerte, a los 36 años en un accidente acaecido en París el 31 de agosto de 1997, parece extraña, quizá surrealista. Incluso algunos la juzgan indecente y la tachan de "histeria".
La princesa de Gales sigue siendo inmortal en el imaginario colectivo, pero los británicos ya hicieron el duelo por ella.
Su sonrisa resplandeciente y frágil, símbolo de una personalidad rica y compleja, y su silueta grácil no adornan ya las tapas de los diarios y revistas del corazón, que vendieron millones de ejemplares gracias a ella.
Su espíritu sobrevive gracias a sus obras humanitarias y también en sus hijos, los príncipes Guillermo y Enrique, que personifican una monarquía estremecida por la reacción popular a la muerte de Diana y obligada a reconvertirse y volverse más accesible.
Diana Frances Spencer, nacida el 1 de julio de 1961 en Sandrigham (este de Inglaterra), hija del octavo conde de Spencer, encarnó para los británicos durante dos décadas sueños, magia, esperanzas, desengaños y desencantos.
Cuando la joven de 20 años, de sonrisa y mirada tímida, se casó con el heredero de la corona británica, 13 años mayor que ella, el 29 de julio de 1981 en la catedral de San Pablo de Londres, no sólo Gran Bretaña, sino el mundo entero, quedó hechizado.
Terra/AFP

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