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Qué hacer con los bebés que no quieren comer

El número de bebés menores de un año que necesitan atención médica porque no quieren comer aumenta de forma alarmante, según un grupo de pediatras, que ha analizado los motivos de este conflicto frecuente a una edad tan precoz.

La pediatra Marguerite Dunitz-Scheer, de la clínica universitaria de Graz, Austria, tiene que hospitalizar anualmente a casi 300 niños menores de un año porque no se desarrollan bien o incluso sufren graves problemas que se convierten en una amenaza para su vida.
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Para los expertos, los problemas son perfectamente explicables, aunque en la mayoría de los casos son factores múltiples los que llevan a que el niño apriete los dientes y disemine las espinacas por los muebles, las paredes y la alfombra.

La pediatría ha desarrollado un sistema de diagnóstico consistente en observar al niño y a la madre por vídeo para poder analizar el comportamiento de ambos en el "campo de batalla" y cómo crece la crispación entre la madre, que no puede evitar montar en cólera, y el bebé que empieza a descubrir su voluntad.

La inseguridad de los padres
La clave para comprender las causas del conflicto se halla a menudo en una tendencia de los padres a la inseguridad y al cuidado excesivo que se dedica al niño.

Las parejas se deciden cada vez más tarde a ser padres y tienen pocos hijos, en muchos casos tan sólo uno, que se convierte en un pequeño ídolo por cuyo bien se procura hacer todo lo posible y hasta lo imposible.

Los padres se sienten cada vez más inseguros y angustiados, leen libros sobre cómo ser perfectos, cómo se debe dar la comida al pequeño, compran un babero nuevo de fibra natural y una cuchara de forma especial para que entre mejor en la boca y los mejores "potitos" que hay en el mercado, pero resulta que el bebé responde mal a este cuidado excesivo.

El niño, que tiene la sensación de ahogarse en tanta atención, reacciona donde más nota la ansiedad de sus padres, en el tema de la comida: aparta la cabeza y cierra la boca mientras la madre intenta meterle por lo menos un bocado y nadie puede forzarle a tragar porque después devolverá todo.

"Sabemos de la vida cotidiana en las familias que en una situación así se desarrollan batallas de varias horas", dice Dunitz-Scheer.

El bebé en la segunda mitad del primer año descubre su propia personalidad y quiere decidir sobre si coge la cuchara con sus manos o un día come menos, pero si aumenta la presión la situación se vuelve cada vez más dramática.

La que lleva las de perder es la madre, subraya la pediatra, porque cae en el pánico, pierde el instinto natural para las señales que le da el niño y se mortifica haciéndose reproches.

"En estos casos puede pasar que los pequeños, a una edad a la que deben aumentar de peso, lo pierden y también adelgaza la madre", afirma la médica, que ha publicado varios libros de consulta sobre el tema.

El no comer es como un arma
A su juicio, los niños tienen los nervios más templados y su deseo de imponerse es tal que triunfa sobre la demanda de sueño y de comida, de modo que el comer y el dormir llega a ser un arma.

Según Dunitz-Scheer, es importante curar estos trastornos lo más rápidamente posible porque pueden convertirse en el origen de enfermedades de la pubertad como la bulimia y la anorexia, y curarlos puede salvar más de un matrimonio, porque un marido se exaspera si ve a su mujer desesperada a diario por el mal apetito de su hijo y sin energía para atenderle.

La pediatra da una serie de consejos, relacionados con la necesidad de que en la casa haya un ambiente relajado: no dar de comer al niño sin que dé señales de tener apetito, no cuidarlo demasiado y dejarle algún rato libre para ocuparse solo de si mismo y no tomar el asunto demasiado en serio sino con humor.

El número de niñas afectadas es el doble que el de los niños, y la pediatra sospecha que ello tiene que ver con que las madres se identifican más con las hijas y pretenden saber siempre perfectamente lo que les sienta bien.

Terra/Efe