Caídos en Irak
Muchos de los familiares de estos soldados se sienten orgullosos. Otro no tanto y algunos se sienten culpables por haberlos traído a los Estados Unidos. Muchos expresan sentimientos encontrados cuando se llevan los cadáveres a sus países de origen para enterrarlos allí.
En el entierro de Juan López en el poblado mexicano de San Luis de la Paz, soldados mexicanos le exigieron a la guardia de honor estadounidense enviada a la ceremonia que entregase sus armas, por más que estas fueran ceremoniales. La Secretaría de Defensa mexicana había prohibido previamente a los estadounidenses hacer la tradicional salva, aduciendo que los extranjeros no pueden portar armas en territorio nacional.
Los asistentes a la ceremonia fúnebre, muchos de los cuales se oponían a la guerra, presenciaron una tensa disputa de 45 minutos, mientras la viuda de López recibía la ciudadanía póstuma del soldado de manos de un funcionario de la embajada estadounidense.
Conflictos parecidos se aprecian a veces en los entierros de soldados que tienen la ciudadanía, como José Garibay, un mexicano de 21 años al que su madre trajo ilegalmente al país cuando tenía dos años. Garibay fue nombrado agente de la policía honorario, algo con lo que él soñaba.
Su madre, Simona Garibay, no puede disimular su dolor ni su desconcierto. La mujer dijo que parecía que valoraban a su hijo más muerto que cuando estaba vivo.
Terra/AP


