CINE-CRÍTICA
Mateo Sancho Cardiel Redacción Internacional, 24 abr (EFE)- Una mansedumbre encantadora enmascara el retrato grave e inquietante de "Lars and the Real Girl", que recupera la reflexión sobre el hombre y el autómata, la realidad y el simulacro y confirma a Ryan Gosling como un gran actor con excelente olfato para elegir sus papeles.
La homogénea pasta con la que está hecha la película, de Craig Gillespie y que se estrena en España este viernes, es casi un milagro dados los ingredientes de los que se componía, pero no lo es tanto si en su ficha técnica se relaciona a la guionista Nacy Oliver con su plataforma de lanzamiento, la estupenda serie de televisión "Six Feet Under".
En ella levantaba capítulo a capítulo dosis palpables de vida hiladas siempre por la muerte, y esa receta que, aun con riesgo de cortar la mayonesa, salía siempre tan en su punto es la misma que liga "Lars and the Real Girl", que tiene ecos mitológicos de una Galatea y del siniestro relato de E.T.A. Hoffman "El hombre de arena".
Para ello, esta vez necesitaba armar a la perfección la paulatina introducción del simulacro. En este caso, es Lars, un gris oficinista con alergia al contacto físico, el que se vivifica gracias a un ser inerte, Bianca, una muñeca de proporciones y peso humanos.
La película, una vez que nos ha conseguido engatusar con las lindezas de Bianca, comienza su espinosa bifurcación que es, a un mismo tiempo, contradictoria y complementaria, paralela y superpuesta.
El primer camino, el más despejado y transitable, es el que justifica cualquier medio no demasiado perjudicial para llegar a la felicidad, defiende las lindezas del autoengaño. La película, armada alrededor de un señuelo, defiende lo virtual como detonante de la emoción, algo que no es más que el embrión de cualquier arte y muy en especial el que inauguraron los Lumiere hace 113 años.
Pero por debajo de lo entrañable que se esconde tras el lubricante emocional que supone una muñeca anatómicamente sexuada, corre el patetismo de vidas que nunca han sido escuchadas, que sólo pueden explayarse al lado de seres que no rechistan y que, aun dentro del soliloquio, acaban sintiendo heridas sus susceptibilidades.
"Lars and the Real Girl" muestra, con finas pinceladas, lo flagrante del individualismo, del que no diferencia si está haciendo su vida al lado de un ser de plástico o de carne.
Y lanza, finalmente, un desesperanzador mensaje sobre lo pueril de la mayoría y lo insólito que es alcanzar un estado llamado madurez emocional y que, como descubre Lars, a veces es una oportunidad a la que se dio la espalda. EFE msc/ibr
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