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Artista mexicano Héctor Velázquez reproduce brutal ritual azteca

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04/01/2007 - 14:10(GMT)

En un pequeño pasillo de su sala de exhibición, el mexicano Héctor Velázquez le quita un poco de polvo a una de sus esculturas.

Historia continua abajo

"Atraen moscas", dice de su obra sin ánimo en la voz.

Desafortunado, sí. Pero igualmente adecuado para una exposición sobre la muerte y el renacer.

El artista plástico estrenó en el otoño la muestra "Xipe Totec", una visión personal del ritual de sacrificio humano ligado al dios prehispánico de ese nombre. Cada año, los aztecas despellejaban a las personas sacrificadas y los sacerdotes vestían sus pieles hasta que éstas se desintegraban revelando las suyas propias, como símbolo de cosecha.

Con el creciente interés local en la cultura azteca, la representación del artista resulta perfectamente oportuna.

Los visitantes a su exposición en el Centro Cultural de España en Ciudad de México quizás no se percaten de que están a escasas cuadras de un sitio de excavación donde los arqueólogos han dicho podría estar la tumba del emperador azteca Ahuizotl, cuyo reino duró de 1486 a 1502 y cuyo hijo, Moctezuma, fue derrotado por los españoles.

En el espacioso y moderno centro cultural, las esculturas recubiertas de hilo de Velázquez reviven parte de la cultura azteca. Pero en lugar de evocar la sangre y la violencia del ritual de Xipe Totec, evocan las relaciones familiares y la renovación personal.

A través de fotografías, piezas de arcilla y una especie de tapiz acolchado, la mayor parte de la exhibición consiste en modelos de brazos, piernas, manos, bocas y codos, todos recubiertos cuidadosamente por capas de hilo que dan una textura porosa y suave, similar a la de la piel humana.

La muestra comienza con un lienzo que representa un trozo de piel, en el que el artista delineó la silueta de su cuerpo, tanto de frente como de espaldas. También abundan retratos tridimensionales de familiares de Velázquez, quien sobrepuso sus rostros sobre modelos de sus propios ojos y orejas para crear una especie de identidad combinada.

"Todos necesitamos de todos para poder sobrevivir", afirmó.

En un espacio angular con el piso inclinado, Velázquez cubrió las paredes con réplicas de sus orejas en una pieza titulada "Gritos", en la que grandes cabezas caricaturescas parecen gritar suspendidas del techo.

"Siempre estoy trabajando sobre las emociones y las sensaciones y sobre su representación", indicó el artista.

El antiguo rito llamó la atención de Velázquez en el 2001 en Berlín, donde vivió con su pareja hasta principios del 2006. En una exposición sobre Xipe Totec en el Museo Etnológico de la capital alemana, el artista vio figuras humanas cubiertas con pieles de sacrificados, atadas por delante y por detrás.

Debido a que ya había trabajado con la idea de la piel, supo que podría retomar el tema mostrando su propia visión y su entorno. Un libro del crítico de arte Paul Westheim despertó aún más su interés y pronto empezó a trabajar en el proyecto, cuya primera muestra se hizo en el 2004, en el mismo museo.

Velázquez insiste en que nunca tuvo la intención de hacer un análisis sistemático del ritual y que tampoco sintió que exploraba sus propias raíces al crear obras de arte inspiradas en la cultura azteca.

"Yo me siento casi completamente ajeno a la cultura prehispánica", sostuvo el artista. "Me interesa tomar ciertos símbolos de este rito".

Quiere que su exhibición impacte a los visitantes sin que estos la relacionen necesariamente con Xipe Totec. Su representación del sacrificio no llevará a todos a pensar en los aztecas, dijo.

"Si luego se liga al rito, qué rico. Pero no lo tengo como algo indispensable", acotó.

Mientras avanzaba por los pasillos del museo, el artista pasó junto a dos manos entrelazadas ligeramente, como si estuvieran agarrando algo delicado en su interior; y junto a un círculo de codos que hacen la forma de una flor.

En la misma sala suspende del techo un tapiz acolchado inspirado en el mapa topográfico de Banff, Canadá, donde Velázquez ha estado dos veces en retiros artísticos. Un lado de la pieza muestra montañas y ríos; el otro, con miles de hilos colgantes o anudados, parece una intersección del cuerpo humano con sus venas y arterias expuestas.

Karen Cordero, una profesora en la Universidad Iberoamericana de México que conoció el arte de Velázquez en 1993 en una casa del opulento vecindario de Polanco en la que unos jóvenes exhibían su trabajo, quedó impresionada por su originalidad.

Su obra entonces fue un montón de bolsas llenas de tierra que parecían salir de un orificio en la pared, que de hecho era un pasillo que dirigía a otras partes de la casa.

"Me llamó mucho la atención cómo él trabaja con formas inesperadas", dijo Cordero, quien también elogió la técnica del artista en su nueva exposición.

"Me refiero a un aspecto ritual, casi Zen", afirmó.

En Internet:

Terra/AP

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