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Una gran producción londinense de "La Muerte en Venecia" de Britten

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25/05/2007 - 07:45(GMT)

Joaquín Rábago Londres, 25 may (EFE)- La nueva producción londinense de la ópera "La Muerte en Venecia", de Benjamin Britten (1913-1976), que se representa hasta el 9 de junio en la English National Opera bajo la dirección escénica de Deborah Warner, es uno de esos espectáculos que marcan época.

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Aunque sin la fama que otras obras de Britten como "Peter Grimes" o "Billy Budd", "La Muerte en Venecia", basada en el relato homónimo de Thomas Mann, debe incluirse entre las obras maestras del compositor británico por su gran inventiva musical y el uso dramático y continuamente variado que hace de su material temático.

La historia es suficientemente conocida: afectado por una parálisis de sus facultades creativas, el novelista alemán Gustav von Aschenbach, sin duda un trasunto del propio Mann, decide viajar a Venecia a ver si consigue superar su estado.

En el Lido veneciano, donde se hospeda, se encuentra con un guapo adolescente polaco llamado Tadzio que está de vacaciones con su familia en el mismo hotel y hacia el que se siente atraído desde el primer momento.

Esa atracción inicial, puramente estética, va transformándose en una auténtica obsesión con el fondo dramático de una epidemia de cólera que las autoridades locales tratan de ocultar para no ahuyentar a los turistas, de los que depende la economía local.

Al final, mientras la familia polaca se dispone finalmente a abandonar Venecia, Gustav von Eschenbach acudirá a la playa donde, antes de morir, tendrá una imagen última de Tadzio entrando en las aguas de la laguna.

La novela breve de Mann, profunda y hermosa reflexión sobre la belleza, el arte, la enfermedad y la muerte, fue llevada a la pantalla en 1971 con fina sensibilidad por el realizador italiano Luchino Visconti, que utilizó como fondo música de Mahler.

Britten llevaba ya años pensando en hacer una ópera con ese relato y a tal efecto había sondeado al hijo de Mann, el historiador Golo Mann, y a Myfanwy Piper, que había escrito el libreto de otras de sus óperas como "Otra vuelta de tuerca", basada en la novela homónima de Henry James.

Debido a ciertos acuerdos existentes entre la productora del filme, la Warner Brothers, y los herederos de Thomas Mann, Britten recibió el consejo de no ver la película de Visconti cuando se estrenó para evitar eventuales acusaciones de plagio.

Tanto la novela de Mann como la ópera de Britten no son prima facie una reflexión sobre la pederastia por más que el compositor fuese homosexual y se sintiese atraído por los adolescentes o que el escritor alemán hubiese tenido que reprimir esas mismas tendencias.

La homosexualidad - sublimada- en el relato de Mann fue sin duda un aliciente para Britten, pero éste estaba interesado sobre todo por la temática que hace la riqueza y profundidad de esa obra: la tensión entre el orden apolíneo y el fulgor dionisíaco, entre la autodisciplina del artista y la pérdida de control ante las fuerzas de lo irracional.

Mientras la vida bulle a su alrededor, Aschenbach se hunde en consideraciones filosóficas, sin superar en ningún momento la barrera que le aparta de la hermosura, la energía física y la inocencia del muchacho, que en la ópera de Britten encarna ese ideal de belleza mediante el lenguaje visual, no verbal, de la danza.

La música de Britten, dirigida por Edward Gardner, establece maravillosamente el contraste entre el complejo cromatismo dodecafónico que simboliza el bloqueo del creador y la corrupción física y la peste y las escalas pentatónicas de la música indonesia, que el compositor utiliza una y otra vez para acompañar las apariciones y juegos de Tadzio junto a otros muchachos.

El tenor Ian Bastridge parece hecho para el papel de Aschenbach, y lo mismo puede decirse de los otros intérpretes, como el barítono Peter Coleman-Wright, que interpreta alternativamente al viajero, al viejo petimetre, al barbero y a un actor de medio pelo, o el contratenor Diestyn Davies, excelente como la voz de Apolo.

Pocas veces se ha visto en una ópera una dirección de actores tan viva y eficaz como la de Deborah Warner, mientras que la escenografía de Tom Pye, el vestuario de Chloe Obolensky, la luminotecnia de Kean Kalman y la coreografía de Kim Brandstrup contribuyen a la redondez del espectáculo. EFE jr/mcd (con fotografía)

Terra/EFE

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