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Adicciones 

Cuando el consumo se convierte en enfermedad

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La alta exposición a los medios de comunicación, cargados de mensajes que asocian la felicidad con el consumo, no atrapan a todos por igual. A un nivel de apatía que se ha detectado en compradores compulsivos, se suma la falta de actitud crítica y una mayor aceptación de valores e ideas consumistas. La necesidad de consumir cada vez más para lograr la misma emoción, el síndrome de abstinencia cuando no se puede satisfacer el impulso, y la pérdida del control, dada por la incapacidad de detenerse, son tres características que hacen la diferencia entre ser un simple consumidor, y una persona adicta a las compras, o un comprador compulsivo.

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En sus manifestaciones más extremas, la compra compulsiva anula la voluntad del afectado, disminuye la satisfacción por la compra realizada y lo inserta en una espiral de la que difícilmente se puede salir sin la ayuda de un especialista.

Causas
La falta de sentido en nuestra vida, carecer de un horizonte, percibirnos inútiles o innecesarios, y los sentimientos de tristeza, apatía, aburrimiento y frustración, pueden hacernos más vulnerables a la publicidad y provocarnos el deseo incontrolable de comprar objetos que no necesitamos. El problema surge cuando esto se convierte en costumbre y se pierde el control.

Se ha detectado en compradores compulsivos un tipo de personalidad con fuertes tendencias hedonistas dirigidas hacia el consumo. Este rasgo, junto con la compulsividad y un nivel relativamente alto de ansiedad en relación con la compra, configuran el perfil psicológico del adicto.

Compulsión
La impulsividad y la ansiedad caracterizan la compulsión, que responde a una insatisfacción vital intensa, a la carencia de estímulos en nuestra rutina diaria, a la ausencia de actitud crítica y a un alto grado de vulnerabilidad ante una publicidad comercial que identifica felicidad, seguridad en uno mismo y bienestar emocional con consumo.

Intervienen también otros factores, como el deseo de estimulación social o interés por los lugares donde se congregan muchas personas (el centro comercial o las tiendas), y la inseguridad respecto al propio atractivo físico. La desvalorización y déficit de la autoestima también pueden estar detrás de este consumo irracional.

Cuándo es alarmante
Cuando nos sentimos tristes, deprimidos o enojados, y lo único que nos calma es ir de compras.

Compramos con frecuencia cosas poco útiles, que después nos arrepentimos de haber adquirido. Tenemos la casa llena de artículos que nos resultan inservibles.
Nos precipitamos a la hora de comprar, porque no podemos controlar nuestros impulsos. Del entorno familiar y de amigos nos llegan mensajes críticos por una desmedida afición a comprar.
> Aún a pesar de haber comprado muchas cosas o haber realizado un gran gasto, nos sentimos insatisfechos cuando reflexionamos sobre los objetos adquiridos. Vemos que se nos va el dinero sin darnos cuenta. Cuando vemos algo que nos gusta, no paramos hasta comprarlo.
Adquirimos productos que se nos venden como milagrosos, los que intuimos inútiles.
Cuando recibimos la cuenta de la tarjeta de crédito, y nos sorprende la cantidad de compras que hemos hecho.
Nuestro tiempo libre lo dedicamos preferentemente a visitar los centros comerciales.

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