El cuidado de la salud mental: un problema para inmigrantes
10/12/2006 - 16:22(GMT)
Los padres de Omeed Popal sabían que su hijo no estaba bien. Oía voces, creía que alguien trataba de matarlo y confesó a su patrón algo que no era cierto, que había apuñalado a alguien.
Sus familiares, refugiados que habían huido de Afganistán en la década del 80, mantuvieron estrecha vigilancia sobre Popal durante años. Le consiguieron ayuda de emergencia cada vez que la necesitó e incluso le concertaron una boda, en la esperanza de que el matrimonio ayudara a asentarse.
Pero en agosto, Popal hizo un estrago en las calles de San Francisco con su vehículo utilitario con el que embistió a 18 personas antes de matar a un peatón en Fremont. Ahora enfrenta una multitud de cargos, incluyendo intento de asesinato y evasión de la policía.
Al igual que muchas familias inmigrantes de bajos ingresos, la dificultad que enfrentaban los familiares de Popal para recibir cuidado de la salud se agravaba por la barrera idiomática y las profundas diferencias culturales. Lo que diferencia el caso de Popal es la tragedia que ocurrió después de no recibir tratamiento.
Los médicos y otros que trabajan con inmigrantes dicen que estar en un país distinto, sin el apoyo de la familia y rodeado de una cultura diferente, puede ser una verdadera carga sicológica.
El Estudio Nacional Latino y Asiático Americano, concluido en diciembre del 2003 con fondos del Instituto Nacional de Salud Mental, sugirió que los inmigrantes recientes hispanos y asiáticos tenían una menor incidencia de trastornos mentales que los estadounidenses pero que acudían mucho menos en busca de ayuda.
No hablar inglés o carecer de seguro de salud presentaba la dificultad más evidente, según "Salud mental: cultura, raza, etnicidad... suplemento", un informe difundido por la oficina del Secretario de Salud (Surgeon General) hace cinco años.
Los estudios revisados por el informe sugirieron que menos de uno de cada 20 hispanos con trastornos mentales usaba los servicios de especialistas, mientras que los asiáticos e isleños del Pacífico tenían menor probabilidad que los blancos de buscar atención para un trastorno mental, o siquiera mencionar sus problemas a amigos y familiares.
Refugiados como la familia de Popal podrían llegar padeciendo del trastorno del estrés postraumático, depresión o ansiedad. Estas condiciones requieren una atención de largo plazo y pueden dificultar particularmente relacionarse con otra gente y mantener un empleo, precisamente lo que necesitan para asentarse, dijo Khalil Rahmany, sicólogo clínico que trabaja mayormente con inmigrantes afganos.
"Muy a menudo han dejado sus hogares, sus afectos, sus pertenencias", explicó Rahmany. "Y a menudo los miembros de la familia se van sin saber si sus familiares están vivos o muertos".
Muchas culturas también alientan creencias sobre los problemas sicológicos que les impide buscar ayuda aun sabiendo que está disponible.
En Afganistán "se ve como una debilidad emocional, un déficit de personalidad", dijo Rahmany. "La gente con problemas de salud mental era conducida ante el mula o a santuarios, no a médicos".
Los familiares incluso podrían abstenerse de buscar ayuda para uno de los suyos porque no quieren avergonzarse exponiendo sus enfermedades a los demás, explicó.
Los familiares de Popal trataron de llevarlo adelante como podían, vigilándolo y llevándolo a salas de emergencia cuando parecía descontrolado, dijo su primo Hamid Nekrawesh.
"Si hubiese habido continuidad (en las visitas a las salas de emergencia) toda esta situación podría haberse evitado", afirmó Nekrawesh. "Pero los médicos no pensaron que sería perjudicial para la sociedad".
Aun para los receptivos al asesoramiento de estilo occidental, hallar un médico que comprenda el idioma y cultura del paciente, y esté dispuesto a trabajar teniendo en cuenta su sistema de creencias es difícil, dijo Sarita Kohli, directora de programas de salud mental en la organización Asiáticos Estadounidenses para Participación Comunitaria, que ofrece asesoría para inmigrantes, refugiados y sobrevivientes de tortura.
"Sencillamente no hay suficientes recursos adecuados para nuestros clientes", dijo Kholi. "No podemos remitirlos a ellos porque no hay dónde".
Sin atención, Popal se descontroló y perjudicó a víctimas como Susan Rajic, que quedó paralizada de la cintura para abajo cuando la embistió con su vehículo. Casi tres meses más tarde, Rajic lucha por recuperar el control de sus brazos y espera poder volver a alimentarse sola, dijo Debra Bogaards, su abogada.
El impacto del acontecimiento llevó al padre de Popal _que padecía de problemas similares pero nunca había buscado ayuda_ a empezar a consultar a un terapeuta que halló el primo de Popal.
En su celda, Popal está bajo supervisión constante de médicos que tratan su trastorno mental con terapia y un régimen de fármacos. En su más reciente aparición en los tribunales sonrió y saludó a familiares y amigos, y respondió las preguntas del juez sin dificultad.
Con asistencia médica, Popal finalmente se recuperó bastante como para que los sicólogos designados por el tribunal lo declararan competente para someterse a juicio.
Pero aun con tratamiento, su situación es incierta. Recientemente un guardia fue a investigar ruidos sospechosos que llegaban de la celda de Popal y lo halló tratando de ahorcarse colgándose de un tubo.
Terra/AP
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