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Prevención y Conocimiento del SIDA

El fantasma del sida

Con sutileza pero sin concesiones, la película española El orfanato (2007, dirigida por Juan Antonio Bayona y producida por Guillermo del Toro) incorpora al género de terror un espectro característico de nuestro tiempo: el fantasma del sida.

Elemento de terror psicológico en el imaginario contemporáneo, encuentro ese punto como definitivo para el desarrollo de la trama en este filme de tanto éxito y premios internacionales, aunque para variar la Academia norteamericana le ha excluido de la competencia anual por los preciados y sobrevalorados premios Oscar.

Pero vayamos al punto que quiero compartir. Definitivamente la historia no se hubiera sostenido si el pequeño Simón (interpretado por Roger Princep) apareciera con diagnóstico de leucemia o alguna otra enfermedad crónico degenerativa.

En el VIH y el sida está un elemento central para explicar por qué Laura (Belen Rueda) siente tanto amor incondicional hacia Simón y no al hecho de que ella también fue adoptada en su infancia.

El guión de Sergio Gutiérrez Sánchez es preciso con este punto y propone un equilibrio debido al impacto social y epidemiológico que tiene. No hay necesidad de explicar más ni decir que el verdadero problema de la inmunodeficiencia adquirida está en la dificultad de erradicar al VIH del organismo sino en la profunda construcción discriminadora y morbosa que se ha construido en torno de esa infección. Por ello la película El orfanato no tiene necesidad de hacer explícito lo que bien sabemos de esta epidemia y ahí radica el miedo, el horror a querer vivir, la incertidumbre y sobre todo una clave en los misterios de la vida que la cinta rescata para darle un tratamiento de ficción y suspenso.


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Así, el verdadero terror inicia cuando Simón les dice a sus padres que ya sabe lo que le han ocultado: que es hijo adoptivo y que tiene esa “extraña enfermedad” (lo cual supone también un reconocimiento de su propia fragilidad y eventual muerte). ¿Quién le ha dicho al pequeño que sus medicamentos son vitales para vivir y que Laura y Carlos (Fernando Cayo) no son sus padres biológicos? La respuesta está presentada como un misterio del filme pero en el fondo no son los amigos imaginarios del niño quienes se lo han dicho, ni siquiera la anciana misteriosa del filme, sino las voces siniestras que han estigmatizado esta infección viral y que, como en la vida real, tampoco tienen rostro en la cinta. Las voces de la fuenteovejuna moderna, esa figura básica en la construcción del miedo y la ignorancia que también quita la vida.

Los amigos imaginarios de Simón no son quienes generan el desenlace de la historia; ésta es alentada por la construcción emocional que Laura tiene del sida. Porque el hecho de querer reabrir el orfanato para recibir a otros niños discapacitados o con problemas de salud (aparecen a cuadro varios pequeños con síndrome de down) muestra que la mamá adoptiva de Simón ha decidido que su hijo conviva con otros pequeños en los que ella identifica el futuro de su hijo.

Aquí encuentro, entonces, el verdadero terror. ¿Cómo es posible que adopten niños con VIH padres bienintencionados que creen que la inmunodeficiencia adquirida es un transtorno genético o que la “normalización” en una vida tempranamente afectada por ese virus debe pasar necesariamente por su integración en mundos donde el futuro ya ha sido hipotecado y no puede conjugarse? El terror se acrecienta porque Carlos, el papá adoptivo de Simón, ¡es médico!

Mi lectura de El orfanato encuentra un sugerente pero sólido hilo argumental para comprender que el VIH y el sida han cultivado un fantasma contemporáneo de dimensiones monumentales, interiorizado, alimentado desde el sentido común que es en donde radica su fuerza.


Luis Manuel Arellano*