La Rusia de Stanislav Eremin abrió la senda de algo que hubiera
empequeñecido al equipo que en 1972 acabó con el reinado de los
universitarios estadounidenses en Múnich. Las medallas de aquella
imborrable final aún permanecen en la capital bávara, custodiadas en
una caja de seguridad, en espera de que los norteamericanos, que no
aceptaron la derrota, se dignen en recogerlas.
En esta ocasión la empresa apuntaba al 'Himalaya' del baloncesto,
a la meca del juego de James Naismith, a los únicos baloncestistas
del mundo que todavía no conocen la derrota: a los profesionales de
la NBA.
Y a eso olía el sorprende 2-12 que un triple de Zakhar Pashutin
subió al marcador cuando apenas habían transcurrido cinco minutos de
juego. Soñar es gratis y, además, no era la primera muestra de
debilidad que los estadounidenses han ofrecido en Sydney.
Pero las muestras contra los atletas del Tío Sam valen para poco.
Rusia jugaba bien. Los chicos de las barras y las estrellas no. En
algún momento lo harían y, en cualquier caso, siempre les quedaría
la baza del físico demoledor de sus hombres altos o la afinada
artillería de algún tirador inspirado.
El caso es que los rusos no se arrugaron. Un espectacular mate
del maravilloso Andrei Kirilenko, un jugador de seda pura, les animó
a insistir en lo imposible (13-21 m.9), pero los cambios en las
filas estadounidenses empezaban a surtir efectos secundarios, sobre
todo debajo del aro de los europeos.
Un parcial de 20-10 igualó el encuentro (22-22 m.10), pero las
cosas debían verse poco claras en el banco norteamericano porque Tim
Hardaway, en vez de atender al tiempo muerto con sus compañeros,
prefería increpar al árbitro esloveno Iztok Rems sin prestar
atención a la pizarra de Rudy Tomjanovich.
La ruleta de cambios, mucho más limitada en el bando ruso,
también contribuyó a que los Estados Unidos lograsen estabilizar una
corta diferencia, pero lo que había cambiado el rumbo del partido
era el rebote ofensivo, monopolizado por los americanos, que
enfilaron el descanso por delante aunque repletos de nervios
(46-41).
Los dos equipos se enzarzaron en un tumulto de empujones y
reproches camino del vestuario. A Carter no le había sentado bien
que Zakhar Pashutin chocara con él en la última jugada. La cosa no
pasó a mayores porque, entre otras razones, los de un lado y los de
otro ya sabían que la guerra sobre el parque estaba acabada.
Para los ex soviéticos, la remontada sonaba a locura. Para los
estadounidenses, simplemente a broma. Permitirse una derrota, y
encima contra Rusia, les habría marcado para siempre, habría
manchado su prestigio como jugadores dentro de su propio país y les
hubiera puesto en evidencia delante del mundo entero.
Por eso, la segunda mitad perteneció al universo del baloncesto
de los perritos calientes, las palomitas y los refrescos
carbonatados, ese que tan mal encaja en Europa -Rusia- y tanto
placer desata en el país de la NBA.
PUNTAJE
85 - Estados Unidos (46+39): Payton (2), Houston (5), Carter
(15), Mourning (8), Garnett (16) -cinco inicial-, Kidd (10), Baker
(13), Allen (4), McDyess (2), Smith (8), Hardaway (-) y Abdur-Rahim
(2).
70 - Rusia (41+29): Evgueni Pashutin (7), Zakhar Pashutin (8),
Avleev (6), Morgunov (11), Bachminov (12) -cinco inicial-, Kirilenko
(11), Fetissov (9), Chikalkin (4), Panov (-) y Bazarevich (2).