La mayor calidad colectiva del cuadro estadounidense influyó
decisivamente para que las chicas de Nell Fortner se anotasen su
segundo oro olímpico consecutivo. El conjunto australiano disputó un
gran encuentro, pero le faltó la solidez y la fuerza de grupo que
demostraron las bicampeonas para culminar en el cajón de honor un
magnífico campeonato.
El coraje y la ambición sostuvieron a las 'Opals' en los primeros
siete minutos de partido (16-15). Sin embargo, dos factores
evidenciaban que los Estados Unidos romperían el equilibrio en
cualquier momento. Por un lado, su alto porcentaje de acierto en esa
fase (75 por ciento) y, por otro, que la producción ofensiva local
dependía, casi exclusivamente, de Lauren Jackson.
La meticulosa atención que las americanas dispensaron a la mejor
anotadora oceánica, Sandy Brondello, hizo el resto. La alero, como
el resto del perímetro australiano, chocó contra una defensa
específicamente pensada para impedir los puntos exteriores y, con
ellos, ahogar el arma más importante del juego australiano.
Los Estados Unidos completaron el cóctel con un mejor rebote, de
manera que poco antes del descanso ya tenían quince puntos de
ventaja (43-28). La final caminaba a pasos agigantados hacia un
desenlace que levantaba sarpullidos entre las anfitrionas.
Australia no se desanimó. Le quedaban veinte minutos por delante
y lo intentó con todo el alma. Se puso a ocho puntos en el minuto
veintisiete en un derroche de pundonor y buen baloncesto, pero no le
sirvió de nada (53-45). Enfrente tenía al que, muy probablemente, es
el mejor equipo del mundo en estos momentos.
Un tiempo muerto del banquillo americano devolvió la cohesión
colectiva a sus jugadoras y, con la misma facilidad que en la
primera parte, rompieron el choque, aunque esta vez de manera
definitiva. El oro ya tenía dueñas. Las mismas que en Atlanta, Los
Angeles y Seul.