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NOTICIA

01/Oct/2000
Resumen
LA NATACIÓN PUSO LOS RÉCORDS Y EL ATLETISMO LAS FIGURAS

La victoria del etíope Gezahgne Abera en la prueba de maratón echó el cierre a los Juegos del Milenio después de diecinueve días de competición, en los que la natación puso las grandes marcas, el atletismo las figuras estelares y el público de Sydney un envidiable conocimiento del deporte y un inmenso respeto por los participantes, buenos o malos.


La reina Marion Jones
(AP)
 
 
Si el nivel de una competición se mide por los récords, la natación ha de considerarse lo mejor de los Juegos. En la piscina se batieron quince plusmarcas mundiales, con los holandeses Pieter van den Hoogenband e Inge de Bruijn como máximos devoradores de segundos. Cada uno impuso tres récords y el de Van den Hoogenband en los 100 libre, 47.84, puede tener una larga vida por delante.

La atleta Marion Jones, que había asumido por adelantado el papel de reina de los Juegos, no pudo poner sus piernas a la altura de sus ambiciones. Se llevó tres de las cinco medallas de oro que estaba dispuesta a ganar, las de 100, 200 y 4x400 metros, pero no perdió la sonrisa ni cuando fue tercera en longitud y en 4x100 ni cuando su marido y entrenador, el lanzador de peso C.J. Hunter, fue expulsado de los Juegos por dopaje.

Por encima de Marion Jones, la estrella del Estadio Olímpico fue la australiana Cathy Freeman, que paseó su condición de aborigen ante un público enfervorizado en dos actuaciones inolvidables: el encendido del pebetero en la ceremonia inaugural y la victoria en los final de 400 metros libre. Freeman entró tras esta carrera en un estado de semiinconsciencia del que sólo despertó tras una apoteósica vuelta de honor.

Michael Johnson añadió unos cuantos quilates a su joyero con dos nuevas medallas de oro, que son la cuarta y la quinta de su carrera olímpica. Se impuso de nuevo en 400 y contribuyó a la victoria de Estados Unidos en el relevo largo.

También prolongaron su estancia en la elite el boxeador cubano Felix Savón, tercer oro en peso pesado, el polaco Robert Korzeniowski, de nuevo campeón en 50 kms. marcha, la china Fu Mingxia, cuarto oro en saltos de trampolín, y el judoca francés David Douillet, que revalidó el título de pesado.

Para la alemana Birgit Fischer y el inglés Steve Redgrave, ambos de 37 años, habría que instaurar un nuevo premio 'fuera de categoría'. Con los dos oros de Sydney, la piragüista suma siete en cinco ediciones no seguidas de los Juegos; el remero, para el que ya se pide el título de sir, ganó en cuatro sin timonel la quinta medalla de oro consecutiva.

Los Juegos depararon también grandes decepciones a deportistas que llegaron a Sydney como reyes y tuvieron que ceder en esta ciudad su corona: en natación, el ruso Alexander Popov, que acabó sin oros, y la alemana Franziska van Almsick, que no entró en finales; en atletismo, el ucraniano Sergei Bubka, que saldó su participación con tres saltos nulos, y el marroquí Hicham el Guerruj, derrotado en 1.500 por primera vez en cuatro años; y en lucha grecorromana el ruso Alexander Karelin, que llevaba trece años invicto y no pudo sumar su cuarto oro olímpico.

En los deportes masculinos de equipo sólo la selección estadounidense de baloncesto y la holandesa de hockey fueron capaces de renovar sus títulos de Atlanta, la primera pese al susto de semifinales ante Lituania (85-83). En las otras disciplinas hubo cambio de campeón: Camerún sucedió a Nigeria en fútbol, Estados Unidos a Cuba en béisbol, Rusia a Croacia en balonmano, Yugoslavia a Holanda en voleibol y Hungría a España en waterpolo.

Las mujeres fueron más constantes y muchos equipos repitieron oro: Estados Unidos en baloncesto y sóftbol, Australia en hockey, Cuba en voleibol y Dinamarca en balonmano. En fútbol sí hubo nuevas campeonas: las noruegas heredaron el título de las norteamericanas.

Durante los Juegos se descubrieron nueve casos de dopaje. Cuatro de ellos correspondieron a levantadores de pesas -tres búlgaros y un armenio que había ganado bronce-, pero el más polémico fue el de la gimnasta rumana Andrea Raducan, ganadora del concurso individual de artística. Raducan dio positivo por la pseudoefedrina incluida en un anticatarral y, a los 16 años, pasó por el trago de tener que devolver un oro olímpico, víctima de la ignorancia de un médico y de la inflexibilidad de las nuevas normas antidopaje del COI.

Ni las protestas de Ion Tiriac y Nadia Comaneci surtieron efecto.

El público de Sydney dio al mundo un ejemplo de deportividad y tolerancia. Tuvo aplausos para todos: para la china Liping Wang, que ganó la marcha gracias a la descalificación de la australiana Jane Saville, para el ecuatoguineano que nadó los 100 libre en 1:52.72, y para el holandés Van den Hoogenband cuando quitó el récord mundial a Ian Thorpe.

Fue la guinda a una admirable organización de los Juegos, tremendamente superior a la de Atlanta. Los pequeños problemas en el transporte fueron el menor mal posible ante la magnitud del acontecimiento, que reunió a 11.000 deportistas, 6.000 oficiales y 21.000 periodistas, además de invitados, turistas y los cuatro millones de habitantes de la ciudad. Atenas 2004 tendrá que esmerarse mucho si quiere mejorarlo.





Terra Deportes/EFE

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