Si el nivel de una competición se mide por los récords, la
natación ha de considerarse lo mejor de los Juegos. En la piscina se
batieron quince plusmarcas mundiales, con los holandeses Pieter van
den Hoogenband e Inge de Bruijn como máximos devoradores de
segundos. Cada uno impuso tres récords y el de Van den Hoogenband en
los 100 libre, 47.84, puede tener una larga vida por delante.
La atleta Marion Jones, que había asumido por adelantado el papel
de reina de los Juegos, no pudo poner sus piernas a la altura de sus
ambiciones. Se llevó tres de las cinco medallas de oro que estaba
dispuesta a ganar, las de 100, 200 y 4x400 metros, pero no perdió la
sonrisa ni cuando fue tercera en longitud y en 4x100 ni cuando su
marido y entrenador, el lanzador de peso C.J. Hunter, fue expulsado
de los Juegos por dopaje.
Por encima de Marion Jones, la estrella del Estadio Olímpico fue
la australiana Cathy Freeman, que paseó su condición de aborigen
ante un público enfervorizado en dos actuaciones inolvidables: el
encendido del pebetero en la ceremonia inaugural y la victoria en
los final de 400 metros libre. Freeman entró tras esta carrera en un
estado de semiinconsciencia del que sólo despertó tras una
apoteósica vuelta de honor.
Michael Johnson añadió unos cuantos quilates a su joyero con dos
nuevas medallas de oro, que son la cuarta y la quinta de su carrera
olímpica. Se impuso de nuevo en 400 y contribuyó a la victoria de
Estados Unidos en el relevo largo.
También prolongaron su estancia en la elite el boxeador cubano
Felix Savón, tercer oro en peso pesado, el polaco Robert
Korzeniowski, de nuevo campeón en 50 kms. marcha, la china Fu
Mingxia, cuarto oro en saltos de trampolín, y el judoca francés
David Douillet, que revalidó el título de pesado.
Para la alemana Birgit Fischer y el inglés Steve Redgrave, ambos
de 37 años, habría que instaurar un nuevo premio 'fuera de
categoría'. Con los dos oros de Sydney, la piragüista suma siete en
cinco ediciones no seguidas de los Juegos; el remero, para el que ya
se pide el título de sir, ganó en cuatro sin timonel la quinta
medalla de oro consecutiva.
Los Juegos depararon también grandes decepciones a deportistas
que llegaron a Sydney como reyes y tuvieron que ceder en esta ciudad
su corona: en natación, el ruso Alexander Popov, que acabó sin oros,
y la alemana Franziska van Almsick, que no entró en finales; en
atletismo, el ucraniano Sergei Bubka, que saldó su participación con
tres saltos nulos, y el marroquí Hicham el Guerruj, derrotado en
1.500 por primera vez en cuatro años; y en lucha grecorromana el
ruso Alexander Karelin, que llevaba trece años invicto y no pudo
sumar su cuarto oro olímpico.
En los deportes masculinos de equipo sólo la selección
estadounidense de baloncesto y la holandesa de hockey fueron capaces
de renovar sus títulos de Atlanta, la primera pese al susto de
semifinales ante Lituania (85-83). En las otras disciplinas hubo
cambio de campeón: Camerún sucedió a Nigeria en fútbol, Estados
Unidos a Cuba en béisbol, Rusia a Croacia en balonmano, Yugoslavia a
Holanda en voleibol y Hungría a España en waterpolo.
Las mujeres fueron más constantes y muchos equipos repitieron
oro: Estados Unidos en baloncesto y sóftbol, Australia en hockey,
Cuba en voleibol y Dinamarca en balonmano. En fútbol sí hubo nuevas
campeonas: las noruegas heredaron el título de las norteamericanas.
Durante los Juegos se descubrieron nueve casos de dopaje. Cuatro
de ellos correspondieron a levantadores de pesas -tres búlgaros y un
armenio que había ganado bronce-, pero el más polémico fue el de la
gimnasta rumana Andrea Raducan, ganadora del concurso individual de
artística. Raducan dio positivo por la pseudoefedrina incluida en un
anticatarral y, a los 16 años, pasó por el trago de tener que
devolver un oro olímpico, víctima de la ignorancia de un médico y de
la inflexibilidad de las nuevas normas antidopaje del COI.
Ni las
protestas de Ion Tiriac y Nadia Comaneci surtieron efecto.
El público de Sydney dio al mundo un ejemplo de deportividad y
tolerancia. Tuvo aplausos para todos: para la china Liping Wang, que
ganó la marcha gracias a la descalificación de la australiana Jane
Saville, para el ecuatoguineano que nadó los 100 libre en 1:52.72, y
para el holandés Van den Hoogenband cuando quitó el récord mundial a
Ian Thorpe.
Fue la guinda a una admirable organización de los Juegos,
tremendamente superior a la de Atlanta. Los pequeños problemas en el
transporte fueron el menor mal posible ante la magnitud del
acontecimiento, que reunió a 11.000 deportistas, 6.000 oficiales y
21.000 periodistas, además de invitados, turistas y los cuatro
millones de habitantes de la ciudad. Atenas 2004 tendrá que
esmerarse mucho si quiere mejorarlo.