A comienzos de la década de 1980, Lewis era como un dios joven en la pista: agraciado, elegante e inalcanzable.
Sin embargo, no cautivó la imaginación de sus compatriotas, no logró los grandes patrocinios que creía que le correspondían y fracasó en una carrera mal emprendida como cantante.
Los críticos de Lewis creyeron que su imagen y su encanto eran algo calculado. Pero durante casi 20 años nadie pudo ignorar su glorioso sprint y su técnica de salto, así como su voluntad de victoria.
En el último de una serie de duelos memorables, perdió ante el canadiense Ben Johnson en la final de 100 metros de los Juegos de Seúl en 1988, pero obtuvo la medalla de oro al ser descalificado su rival por el control de dopaje.
A la edad de 30 años estableció un récord en la final de los 100 metros de los campeonatos mundiales de Tokio en 1991 y gano un título de salto largo por tres veces consecutivas en los Juegos de Barcelona en 1992 y siguió compitiendo en los Juegos de Atlanta cuando ganó otra vez en el salto de longitud.