Más de 10.000 deportistas de 200 países marcharon en el flamante Estadio Olímpico de Sydney, ante el entusiasmo de unos 110.000 espectadores y una teleaudiencia global de 4.000 millones de personas.
Antes de que se encendiese el pebetero olímpico, el golfista Greg Norman transportó la llama por el Puente del Puerto de Sydney, que estaba atestado de gente.
"No hay nada en el mundo como esto. La emoción de la gente es increíble", declaró Norman. "Cuando uno ve tanta gente con una sonrisa en el rostro, es señal de que estamos haciendo las cosas bien".
La ceremonia inaugural comenzó cuando un jinete solitario ingresó al campo de juego del estadio, seguido después por 120 otros jinetes, quienes formaron los anillos olímpicos sobre el terreno.
Hombres tragafuego, jinetes y actores que representaron la historia y misticismo de Australia le dieron a la ceremonia los ingredientes de un espectáculo fuera de serie.
El tema de la ceremonia se basó en una recreación de la cultura australiana como parte del deseo del país de mostrar al mundo una imagen más allá de los canguros o el Teatro de la Opera de Sydney.
Hubo descripciones de los diversos contrastes del territorio del país anfitrión, desde las urbes situadas en las costas hasta las regiones desérticas pobladas por los aborígenes.
Los juegos representan para el COI una oportunidad para pulir su imagen, mancillada tras el escándalo de corrupción de Salt Lake City, sede de los próximos juegos de invierno.
La marcha de las delegaciones de deportistas, un símbolo de internacionalismo, marcó un hecho histórico, cuando los equipos de las dos Coreas desfilaron juntas con vestuarios idénticos y detrás de una estandarte que rezó sencillamente "Corea", desencadenando la ovación de los asistentes. Muchos de los deportistas marcharon tomados de las manos, en gesto de hermandad.
También marchó una pequeña delegación de la recién independizada Timor Oriental.