Terra
 
 
RELATO

Amor en portugués: el descubrimiento del verdadero amor

Imprimir Enviar a un amigo

Às vezes, no silêncio da noite, eu fico imaginando nós dois. Eu fico ali sonhando acordado, juntando o antes, o agora e o depois. Caetano Veloso

La primera vez que me enamoré fue en portugués. Yo no hablaba ni una palabra y, sin embargo, fue en portugués.

Nos habíamos conocido en un chat. Yo no frecuentaba los chats, y había entrado sin saber por qué. Hacer cosas que no sabía por qué hacía era muy frecuente en esa época, en la que había muchas cosas que no quería saber. Hablamos mucho, largo rato, y me pasó su teléfono, su correo electrónico, su dirección y una foto. La foto se la habían sacado en su pueblo; estaba sobre un bote de madera en el puerto. Atrás se veía el mar, enorme. Pude ver y tocar ese bote con mis propias manos, pero eso fue más de tres años después. Ese día solamente salí del chat y me olvidé, o quise. Quise olvidarme, sí, pero creo que no pude. Muchas veces me acerqué a esa foto, me quedé viendo la imagen: el bote, el mar. Mis deseos se subieron y navegaron enfrentando una tormenta peligrosa, fuerte, difícil de atravesar. No pude; no quise. Sí, quise; no pude. No sabía si quería o podía.

Cuando nos vimos, después de casi un año, me pareció increíble. ¿Era o no era? Sí, no cabe dudas, era: esa imagen, durante tanto tiempo pasando por mi cabeza como una brisa fría por la espalda, de esas que se van y no sabés bien qué fue. No podía. Más de una vez empecé a discar el número, llegué hasta los cinco dígitos y corté.

Después me olvidaba. Hasta los seis. Volvía a olvidarme. Una vez los marqué todos, y me atendió el contestador automático. En portugués, claro. Colgué, agarré la foto y la guardé en el armario con el resto de mis cosas; y me fui, lejos, donde la brisa fría no pudiera alcanzarme. Mi mundo no podía resistir esos vientos.

Tiempo después vino todo lo que vino. Pasó lo que tenía que pasar, más temprano que tarde. Y la imagen, el bote, el mar, el puerto, se quedaron en el armario guardaditos. Nadie les avisó, o quizás fue la inercia: el acostumbramiento, un cierto orden de las cosas que llevaba mucho tiempo funcionando y disponía que esa foto permaneciera ahí. No me había dado cuenta: la prohibición seguía vigente como esas leyes derogadas por la costumbre que nadie se acordó de borrar del digesto jurídico.

La señora fortuna me dio una mano. Esa noche había ido a ese lugar de casualidad; no lo tenía pensado. Era un sitio raro, bizarro, divertido pero un poco chocante. Ya estaba podrido de aquella música mecánica, artificial, compuesta para ser escuchada por computadoras: el cambio de ambiente me aliviaba un poco los oídos. Esos ritmos venían bien; me estaba divirtiendo, pero aun así no terminaba de adaptarme a un sitio que me trataba como sapo de otro pozo. La casualidad ¿o no¿ me había llevado hasta allí.

1 | 2 | Siguiente >

Bruno Bimbi

Imprimir Enviar a un amigo
 

methYoSinMeth para más información llama 1-866-787-METH