(Getty Images )
Lorenzo, hijo de Ingrid Betancourt, de niño a joven político
“A mi Lorenzo, mi LoliPop, mi ángel de luz, mi rey de aguas azules, mi chief musician que me canta, y me encanta, al dueño de mi corazón, quiero decirle que desde el día que nació y hasta hoy ha sido mi manantial de alegrías. Todo lo que viene de él es bálsamo para mi alma, todo me reconforta, todo me apacigua, todo me da placer y placidez”, le escribió Ingrid en una carta de supervivencia que envió a su familia a finales del año pasado.Lorenzo, en tanto, se comunicaba con su madre a través de la radio, a través del La voz de los secuestrados, un programa que supuestamente escuchaban los plagiados en medio de la selva colombiana, y le leía parte del contenido que compone Lettres à maman (Cartas a mamá), un libro de cartas que se editó en Francia a finales del año pasado y se pretende lanzar en todos los países de América Latina, así como en España, Estados Unidos, Portugal y el Reino Unido, entre otros, y que fue prologado por el Premio Nobel de la Paz, Elie Wiesel.
“Deja que nuestras palabras que llegan a ti, una a una, a través de la radio, sean tu fuerza”, le escribieron los hermanos Delloye en una de ellas.
A las ocho treinta de la mañana del pasado 3 de julio, apenas unas horas después de su liberación por parte del Ejército Nacional, Ingrid Betancourt, por fin, se reunió con Melanie y Lorenzo.
El reencuentro se dio en la puerta del avión que llevó a los hijos de la ex candidata presidencial de París a Bogotá. Ahí se abrazaron, se besaron y lloraron, después de más de seis años de separación forzada. “Fue una orgía de besos –resumió posteriormente Betancourt. Estoy en el paraíso. Ellos son mi razón de vivir, mi orgullo, mis estrellas, por ellos seguí con ganas de salir de la selva”.
Lorenzo, vestido con un pantalón de mezclilla, una chaqueta color beige y esa melena alborotada que lo ha hecho tan famoso en todo el mundo, con una enorme sonrisa dibujada en el rostro, dijo: “Siento demasiada felicidad… Gracias! Hemos ganado un combate por la libertad”. Y, sin olvidar el activismo que lo ha acompañado los últimos meses y muy seguramente ya nunca más abandonará, el joven de 19 años adelantó:
“Todavía hay más secuestrados en la selva y vamos a luchar por ellos; no vamos a parar". Y los tres, fundidos en un abrazo, se fueron a celebrar y conversar algo de lo mucho que no se han dicho en estos 2, 323 días de forzado cautiverio.
David Rafael Estrada Correa




