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Felipe Lessa -
(Felipe Lessa)
Los olores corporales

Derechos Invisibles en la Cama

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Si bien es cierto que por más humanos que seamos seguimos siendo “muy animales”, debo confesar que soy absolutamente seguidor y amante del control de esa química orgánica que nos lleva a oler y saber de una forma muy particular.

En palabras más directas, hoy quiero hacer una denuncia pública de la constante violación de lo que llamo “derechos invisibles en la cama”. Y cuando hablo de tales derechos me refiero a los mínimos de respeto que suelen romperse cuando decidimos echarnos un polvito, o acostarnos con la pareja de turno. Derechos que relaciono directamente con la higiene corporal, que en muchos casos está muy olvidada.

Aunque parezca horrible hablar de estos temas, ¿a quién no le ha salido un amante con sorpresa? Esos que vestidos huelen delicioso, pero que desvestidos sacan corriendo hasta al más diplomático de los afectados por sus apestosos olores.

¡Por Dios señores! A todos nos habrá tocado soportar en silencio, esos abusos de fulanos poco considerados y faltos de sentido común, ese sentido que nos lleva a darnos un buen bañito cuando sabemos que hay conquista posible.

¿De cuándo acá le damos validez a la sentencia de algunos conchudos que aseguran que cada parte del cuerpo debe oler a lo que produce o expulsa? ¡Por favor! Empecemos de arriba hacia abajo…

El aliento: por cortesía básica o “protocolo gay”, no queda mal revisarlo de vez en cuando, ese suele ser el primer contacto que amarra o debilita cualquier posibilidad de encuentro sexual o rumbeo.

Si bien es cierto que resulta aburrido andar con cepillo de dientes en el bolsillo trasero del pantalón, si queda fácil mantener una higiene juiciosa que nos haga menos susceptibles a tener mal olor de boca. Además, inventos benditos como las pastillas o los spray de menta, pueden ayudar luego de una comida o de varios tragos sucesivos en el antro.

Caminando el delicioso cuerpo masculino, seguimos descendiendo y nos encontramos con las axilas o sobacos (palabra de mi abuelita), que particularmente figuran entre los fetiches más disfrutados por mí, es decir, me encantan las axilas masculinas: besarlas, olerlas, mirarlas, explorarlas, en fin, rayones de mi cabeza.

Sin embargo, debo confesar que en más de una ocasión me he quedado con las ganas, porque pareciera que algunos señores no se pasan el jabón por allí. Caminas, vas al gimnasio, duermes, y la química hace lo que debe, así que no queda mal cuidarlas para que al estirarse en la cama a la hora del “acto amatorio”, los brazos puedan abrirse sin miedo, y así, quienes nos derretimos con ese pedacito de cielo donde confluyen el bíceps, el pectoral, y algunos vellos bien cuidados, podremos darnos un banquete de morbo.

Un poco más abajo está el pene. Pobrecillo, se cree que no requiere de baño profundo. A conciencia ¿cuántos no hemos sufrido el empuje violento de la mano de quien espera un blow job, y al que nos negamos porque al señor “eso” le huele a muestra de orina”? ¿Quién se inventó que es normal que el pene huela a “chi chi”?

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Vladimir Charry

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