CIUDAD DE MÉXICO > COYOACÁN
En la casa donde nació y murió la pintora mexicana Frida Kahlo, se respira en azul. Entre esas paredes abarrotadas de recuerdos reposan sus cenizas en una urna de cristal junto a flores coloreadas de papel maché que ella hacía. Recorrimos esa mansión que nos da la oportunidad de conocer su mundo más íntimo y personal.
La magia de Frida Kahlo
Obras de Frida Kahlo
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Guía de la Ciudad de MéxicoLa mansión es grande, ocupa una cuadra y la mayor parte pertenece al jardín interior, donde tantas horas pasó, sola o en compañía de Diego y su vasto círculo de amistades: alumnos, políticos, artistas, familiares o simples vecinos. Todo es llamativo, desde el azulón de los muros exteriores y las paredes que dan al jardín hasta los interminables detalles que pueblan cada rincón.
Es un universo delicado, repleto, doliente y gozoso a la vez. Es, sobre todo, la morada de Frida, su refugio íntimo, que compartió muchos años con Diego aunque él tenía su propia casa y estudio.
Existe una pirámide marrón y amarilla al fondo del jardín, vestida con esculturas precolombinas de piedra, coleccionadas por ambos con verdadero interés.
Frida sentía pasión por los adornos indígenas; hay una vitrina exclusiva para sus collares, pendientes, anillos y tocados del cabello, sin mencionar los elaborados vestidos que usaba.
Tan presumida en su cuidado como una diosa, ponía el mayor esmero artístico a la hora de arreglarse, quizá para equilibrar con la belleza del atuendo su cuerpo roto por el trágico accidente de autobús que le partió la columna y destrozó su útero. Tal vez era su forma de no rendirse a la desgracia.
Máximos y mínimos sentimentales
El filme sobre ella no cuenta que Frida también sufrió poliomelitis de niña, así que siempre tapaba sus piernas. Y aunque ella se retrataba fea, era una mujer alta, delgada, de porte elegante, ojos como azabache y facciones rectas. Tenía el gesto inteligente y un temporal en la mirada.
En el rastreo de este hogar se perciben máximos y mínimos sentimentales. Por ejemplo, del desolador espectáculo de su cama de enferma, a cuyos pies colgó las fotografías del quinteto comunista ¿Marx, Trotsky, Lenin, Stalin y Mao Tse Tung-, se pasa al cuarto matrimonial, decorado como un canto alegre al amor.
Luego, en el estudio de pintura, irrumpe de nuevo un temblor inquietante: hay una silla de ruedas vacía frente a un caballete donde reposa inconcluso un retrato de Stalin que, en actitud de espera y tamizado por la luz, parece aguantar la vuelta al trabajo de su fantasma creador, una Frida abatida por la tristeza.
Cuando se entra en la cocina, resurge de nuevo la lírica. Por las altas pareces, pegadas en filigrana, cadenas de diminutos pucheros van dibujando dos palomas de la paz con los nombres de Frida y Diego entrelazados.
Esta cocina, que no es de diseño, diseña lo esencial: el entusiasmo y el sabor cocinados al calor del hogar. ¿En qué manual de interiorismo se aprenden esta originalidad y vitalismo?.
Aunque resultase caótica, Frida era sumamente ordenada. Las vitrinas acristaladas del estudio dan prueba del cariño y fervor con que archivaba sus cartas, las facturas, los recortes de prensa, cada recuerdo personal.
Se pueden leer algunos comentarios de su diario original, que fue publicado por primera vez en 1995 con una introducción de Carlos Fuentes. Asimismo, libros de filosofía, poesía, arte y política, tanto en francés, español como inglés, se apilan en las estanterías junto a gruesos volúmenes de medicina, disciplina por la que Diego se sentía atraído y que marcó la existencia de Frida en su periplo agotador por hospitales y cirugías.
El santuario
Y como esta morada azul es también museo, varias salas albergan numerosa producción pictórica de Diego, Frida, otros artistas del momento y una curiosa colección de cuadros antiguos anónimos.
La producción de Frida es modesta: 143 obras, de las que 55 son autorretratos. A través del simbolismo expresa su sufrimiento: la agonía física, el aborto involuntario, la incapacidad de tener hijos, su compromiso con la lucha social, las frustraciones con Diego...
Aunque el gran artista fue Rivera, que pintaba desde niño con una cualidad innata que cultivó a fondo, hay que reconocer una deuda para con la singularidad de Frida, que no fue reconocida en vida y sí tres décadas después de su muerte.
En los años ochenta comenzó a ser tenida en cuenta como artista y no sólo como figura extravagante. Ahora ocupa un lugar principal en la pintura introspectiva mexicana del siglo XX.
Volviendo al hogar de su infancia y de sus últimos años de vida, la Casa Azul fue también su santuario. Como buena mexicana, el sincretismo era parte de su naturaleza, y no importaba que fuera comunista convencida para llenar la casa de altares y retablos exvotos. El arte popular religioso -prehispánico y católico-, se entremezclaban en su universo propio fundiendo lo divino y lo pagano, el color y las tinieblas.
Y para contrarrestar la abundancia de objetos de todo tipo que conformaron su mundo (figuritas, abanicos, calaveras, esqueletos de papel maché, vasijas, bocetos, retablos de estaño pintado, etc.), nada mejor que respirar el aroma templado del patio interior, que es también un jardín tropical cuajado de flores y árboles con una fuente que arrulla. Es un reino de sol, incluso a la sombra. Coyoacán parece una siesta estival. Los sentidos se imponen al academicismo.
Frida conoció a Diego Rivera cuando ella tenía 16 años y él 41. A los 21 se casó con él. Seis años después se separaron para, tres más tarde, volverse a casar. La Casa Azul fue, por tanto, su refugio adorado de soledad y también su nido de amor durante distintos periodos, aunque la pareja contaba además con otra magnífica casa en el barrio de San Ángel, que era sobre todo el estudio principal de Diego.
En la Casa Azul hubo días de rosas y vino, o mejor dicho, de alcatraces y tequila, fiestas grandes con estrellas internacionales como André Breton, Dolores del Río, Cartier Bresson, Lindberg, Paulette Godard, Salvador Novo, David Siqueiros, Gorostiza, Einsenstein, el rey Carol de Rumanía... También hubo días de mezcal y lágrimas, de angustia y dolor.
La prestigiosa escritora mexicana Elena Poniatowska publicó recientemente el libro ¿Las siete cabritas¿, siete historias biográficas sobre siete mujeres mexicanas importantes. El relato sobre Frida es conmovedor y transmite la magia de su vida y esa constante lucha entre la fidelidad y la lealtad.
Es la misma Poniatowska quien, junto a la urna donde descansan las cenizas de la artista, escribe: ¿Se dice que es una bendición nacer y morir en la misma casa. Frida Kahlo tuvo esta suerte, pues ella nació y murió mirando su jardín¿.