Una cena afrodisiaca para dos
Al repasar las recetas eróticas y apuntes sobre San Valentín resulta obligado reivindicar la comida como fuente de placer, considerada hoy, después de la asignatura del cuerpo, el más sensual de los goces.
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AgenciasCena afrodisíaca para dos
- Las reinas afrodisiacas: Ostras granizadas
Nadie puede negar que como un bocadillo de jamón comido con hambre no hay nada. Pero esta realidad pertenece más a la pesadilla del hambre primordial que a los placeres de la buena mesa.
El principio de la cocina erótica, como en el de cualquier lujo, está en la selección consciente de los alimetos que despierten un sentido u otro. Esta elección se hace, igual que los vicios, apelando al sentido del placer.
Lo importante no es cuánto ingieres, sino qué. Esta suerte de refinada divisa es la que practica Jordi Vallés, jefe de cocina y epígono del escritor Tom Sharpe cuando asegura que sexo y comida son muy parecidos.
"Un poquito muchas veces, es mejor que un mucho pocas", diagnostica Sharpe en "Wilt", una de las novelas más ácidas y divertidas de nuestra época.
Y entre los placeres culinarios no cabe duda que la ostra representa como ningún otro producto ese carácter afrodisíaco que estos días en torno a San Valentín se degusta con la celestina intención de "crear afecto" y de estimular el anhelo de "acercarse a la persona deseada".
Delicadas y sutiles. Ligeramente saladas, las ostras saben a yodo, a mar y mucho más con la receta de Vallés en la que erizo, regaliz, eucalipto, fruta de la pasión y agua de rosas contribuyen a la eclosión de sensaciones voluptuosas.

